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La verosimilitud dominante: mutaciones

Retrato de un artista (piscina con dos figuras)

Eres un turista viviente, soy una inercia hacia la atmósfera.

En 1971, David Hockney pintó su “Retrato de un artista (piscina con dos figuras)”. En el cuadro se recorta la esquina de una piscina, llena de reflejos como cristales. Al fondo aparecen unas montañas verdes, idílicas, como una decoración natural y doméstica.

Es una casa de lujo, cartografiada y casi esquematizada. Los ojos descansan ahí.

Pero un hombre bucea en el fondo de esa piscina y otro, en pie, le mira desde fuera. No vemos sus ojos pero la expresión está del todo en la mirada caída, las ropas de colores, el esqueleto firme y débil. Hay una curiosidad y un problema ahí. Sobre todo, hay una pareja de hombres ahí.

En una casa de lujo cartografiada, los ojos no descansaban si había una pareja de hombres ahí.

Dónde la mujer, los niños que duermen o que se esperan.

(Una grieta en la verosimilitud dominante).

No descansan aún.

(En 1998 se anunció que, en un capítulo de Ally McBeal, la protagonista se daría un beso con su secretaria. Se esperó durante toda la semana ese capítulo con expectativas de fascinación. En 1998).

En “Un pistoletazo en medio de un concierto”, Belén Gopegui dice así: “Novelas que no ocurren en la urna de cristal de los sentimientos protegidos, los valores aceptados, la sumisión sin resto de melancolía”.  Y, un poco antes o después: “Si bien sabemos algo, en cierto modo aún no sabemos que lo sabemos, como cuando a veces estás dentro de un bar y hay humo y ruido, y gente con quien no tienes muchas cosas que compartir, pero sigues ahí hasta que, casi sin pensarlo, decides salir fuera (…) quizás hablas con alguien que también ha salido y paseas y el aire te da en la cara, y te dices que ahora sabes que sabías que ese bar no era tu sitio, ni en realidad querías estar ahí dentro”.

Que, por ejemplo, querías estar en un sitio donde hubiera también otras piscinas. El mismo paisaje, los mismos reflejos, otros colores. Descansar en ellos también.

Convertir en aire la respiración.

***

Susan Sontag murió de una leucemia en el año 2004. Era el tercer tipo de cáncer que sufría. La experiencia le hizo pensar recurrentemente en el concepto de enfermedad como batalla, las metáforas que nos pueblan y sus repercursiones.

Los ánimos que pronuncia el aire:  vencerás, eres fuerte, el cáncer no sabe con quién le ha tocado.

Pero, ¿qué batalla hay contra unas células que son tus células, donde una mutación condiciona la eficacia de un tratamiento? ¿Tu fuerza depende la mutación?

¿Fracasas tú por una mutación?

¿Cuántas metáforas nos duelen? ¿Cuántas nos caben?

Pero una vez le pregunté a Nacho Mirás por esto. Mirás era un periodista gallego que había desarrollado un glioblastoma, un tumor cerebral especialmente grave por el que murió en el año 2015. Contaba su proceso con toda una mezcla de humor, resistencia y aceptación. “A mí la metáfora me sirve de pleno, porque lo veo así, me permite seguir”.

O también que casi toda ley encierra una injusticia, como todo nombre asume una limitación.

***

Que la inteligencia valorada en los debates es masculina, dices. Que en la nueva de Blade Runner los cuerpos son siempre femeninos. Pienso en el concepto voluble de belleza y hasta qué punto está determinado y hasta dónde nos llega la atmósfera. Y la desbordante proporción de parejas obesas. ¿Se atraen o se conforman? ¿Cuánta parte de la atracción se explica por la rebaja de expectativas? ¿Dónde acaba lo biológico, desde dónde parte, hasta dónde se ensancha?

En la música, a una cuarta aumentada —o el trayecto que va de un do a un fa sostenido— se le llamó el Diabolus in música. Es una disonancia de tal calibre, tan aparentemente antinatural, que la iglesia la prohibió durante siglos. Pero acabó siendo esa con la que en West Side Story Toni canta el nombre de María.

Si bien sabemos algo, en cierto modo aún no sabemos que lo sabemos.

¿Sabrías decir los elementos que componen la atmósfera?

Qué sabemos.

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El hecho de escribir

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Le han encargado un texto de entre una y tres páginas sobre el hecho de escribir y no sabe muy bien. Le han dicho además que sería recomendable incluir una trama, y eso ayuda mucho a que no sepa muy bien. No son su fuerte las tramas. Tras cierto tiempo en lo primero que piensa es en inventarse un personaje y crear algo así como una estructura circular al modo de Continuidad de los Parques, aquel cuento de Cortázar

el primero en el que piensa es Cortázar

en el que el protagonista aparece leyendo en un sofá  y en el que al final, y suavemente, él mismo acaba convirtiéndose a su vez en protagonista del libro que lee. Piensa que podría cambiarlo por un personaje que en lugar de leer escribiera, pero cree que terminaría cambiando únicamente la ambientación y no quiere plagiar así, de una forma tan burda. Sin embargo sí quiere incluir de alguna forma a Cortázar y piensa cómo usarlo, si no para la trama, sí al menos para la propia ambientación, que tampoco se le ha dado nunca demasiado bien. Piensa por ejemplo en un personaje que escriba en un cuarto y que éste no sea muy amplio, porque es así como se imagina aquel poema también de Cortázar

Nocturno, se llamaba

que es únicamente un hombre en su cuarto y una ambientación discreta, numeraria, donde el final es “como si multitudes de caballos se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda”.

Pero no acaba de decidirse. Cree que si incluye a Cortázar así, de una forma tan deliberada, acabará también de alguna manera sucumbiendo a su estilo. Como es claro ya que no sabe muy bien piensa entonces en cambiar bruscamente de base, de referencia. Piensa en aquel poema de Bukowski

Aire y Luz y Tiempo y Espacio

por si quisiera hablar del hecho de querer escribir y no escribir. Basarlo, como en el poema, en que la falta de aire y luz y tiempo y espacio serían meras excusas  para dilatar la espera, para rehuir la afrenta. Piensa que si tratara así el tema podría incluir a Rulfo, que con sólo dos libritos se convirtió en leyenda y después abandonó, que dijo aquello de:

– No sabes las ganas que le entran a uno de leer en el preciso momento de ponerse a escribir,

y podría citar a Bartleby, el famoso personaje de Melville y su “preferiría no hacerlo”, pero tampoco acaba de convencerse. Se le ocurre entonces que podría reunir las dos ideas y englobarlas con la cita de Mairena: “lo raro es que uno sea sólo un tipo de poeta”, pero reconoce que no sabría muy bien por dónde seguir, que acumularía citas y ambientes pero dónde quedaría entonces la trama, dónde la tensión o lo novedoso.

Y entonces decide apelar en cierto modo a la sinceridad. Recuerda un librito de Auster donde afirma aprovechar una historia real para escribir un cuento de Navidad, un encargo del New York Times. De ahí salió el guión de Smoke.

Y a él le encanta esa película.

Por eso decide ser fiel. Contar que escribe en un cuarto no muy amplio entre fotos de Manhattan, el Moulin Rouge y de Man Ray. Contar que es una tarde de domingo, oscura, que está solo en casa y que sí, que es verdad que escribe esto por un encargo, pero también por aquello que le dijo su madre una vez:

– Hagas lo que hagas no lo dejes. Escribir te hace bien.

Y sobre todo porque eso lo dijo después de leer tres páginas suyas que acababa de escribir, porque lo hizo llorando y porque es verdad. También porque coincide con Millás en que por encima o por debajo de todo, “se escribe para contarlo”, y es por ello que decide transcribir lo que dos días antes anotó en su cuaderno, en un banco, una tarde en la que paseaba al lado del mar. Y lo transcribe tal cual, inconexo pero real:

“Recuerda: hay momentos que podemos acordar en llamar de soledad química, que son acaparadores, pero lábiles. Quiero decir que cualquier motivo puede hacerlos desaparecer. Que no dejan poso. Hoy (estos días) está siendo uno de ellos.

Acaba de vibrar el móvil. He tenido un sobresalto. Creo que de ilusión. Después, al ir a leer quién lo enviaba he visto que decía: mensaje en espera, memoria llena. Cuando eso sucede hay que borrar alguno de los mensajes guardados y esperar a que vuelva. Suele tardar una o dos horas. Y entonces, sólo con eso, ha vuelto el calor, las asociaciones, los recuerdos favorecidos. Un calor (ingenuo, pero calor al fin y al cabo) por cosas que vendrán o que volverán.

Al cabo de un rato ha vuelto el mensaje. Era un recibo del banco. De una transferencia. Por unos cincuenta céntimos al mes el banco me avisa de estas cosas. Me he sonreído sin ganas, como si alguien estuviese grabando y tuviera que demostrar que entendía la ironía. También he pensado en lo tentador de aceptar una cierta confabulación, de un símbolo intencionado. No lo he hecho. Sé que soy yo quien accede al símbolo. Quiero creer que sirve igual.”

Transcribe todo esto porque en el fondo piensa que escribir es algo así: se manda un mensaje porque en el fondo se está buscando algo de calor. Y se espera que la respuesta no sea del banco.

Y de repente se da cuenta de que ha alcanzado ya las tres páginas y se convence de que, al final, escribir pasa por escribir, que no se precisa forzosamente una trama o que ésta puede adoptar tantas formas como uno u otro quieran, como el que lee o el que escribe quieran. Se da cuenta de que escribir es, de alguna manera, agarrar. Levanto la cabeza y me parece como si multitudes de caballos se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda.

Barcelona, 2010

El portador compasivo o cómo llevar a un niño, con Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo sobre el policía turco y el niño sirio muerto en sus brazos.

*

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Gustavo Martín Garzo

” “¡Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso!”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier El rey de los alisos. Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra”.

(20000caligrafías: No, nunca lo había creído)

(…)

Primo Levi, en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta cómo una noche los judíos se dan cuentan de que los van a matar. Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación. Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de ellos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas la tendieron a secar en los alambres de espinos. (…) Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque esa era su forma de cuidarlos. Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a sus hijos: que nunca morirán.

El policía turco que portaba al niño muerto creaba al hacerlo un espacio así. Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido.

(20000caligrafías: En el resumen del artículo se dice que el gesto del policía turco nos hace redescubrir el valor del amor por los que nos rodean. Anoto que no necesariamente, que no sé si hay amor ahí: lo que hay es delicadeza. Eso, junto con una cierta temperatura, son signos de aquello que tendemos a asociar al amor).

*

En el mismo artículo, un rato antes:

“Una creencia judía afirma que en cada época en la tierra aparecen 36 justos. Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes. Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados, por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor”.

*

El portador compasivo. Gustavo Martín Garzo. El País, 07/10/2015

Semiagorafobia no bovina, con David Foster Wallace

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Este es el resumen de la contraportada de “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, libro-reportaje de David Foster Wallace traducido por Javier Calvo:

“Foster Wallace elabora en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer una postal gigantesca basada en su experiencia en un crucero de lujo por el Caribe. Lo que a primera vista parece ser un simple viaje “para relajarse”, en manos de un humor delirante y un cinismo corrosivo acabará convirtiéndose en el horror más absoluto. Este artículo es una de las radiografías más agudas e irreverentes de la cultura americana de fin de siglo, en la que se entremezclan la familiaridad, el asombro y una mordacidad descabellada”.

*

Nota 55: “Soy bastante vago, paso mucho tiempo en el camarote 1009 y también salgo y entro bastante. Esto se debe básicamente a la semiagorafobia: tengo que reunir energías psíquicas para salir del camarote e ir a acumular experiencias, pero luego cuando estoy entre la población general, mi voluntad se rompe en seguida y encuentro cualquier pretexto para escabullirme de nuevo al camarote 1009. Esto me pasa bastantes veces al día”.

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Hay algo ineludiblemente bovino en un turista americano* avanzando como parte de un grupo. Hay cierta placidez codiciosa en ellos. En nosotros, mejor dicho**. Para mí, la boviscopofobia es una motivación todavía más fuerte que la semiagorafobia para quedarme en el barco cuando estamos en puerto (Nota 80) (…) Llevo toda la semana haciendo todo lo que puedo para separarme a los ojos de la tripulación del rebaño bovino del que formo parte, para distanciarme de alguna forma: evito las cámaras, las gafas de sol y la ropa caribeña en tonos pastel; insisto mucho en llevarme mi bandeja en la cafetería y doy gracias de forma efusiva incluso por el más pequeño servicio (nota 81).

(Nota 80. = el miedo mórbido a ser visto como un ser bovino.)

(Nota 81. Esta nota es interesante, pero excesiva.)

* Nota 20000c.1: es obvio que no solo atañe a los americanos

** Nota 20000c.2: haciendo caso a la nota “20000c.1”, ese “nosotros” nos incumbe irremediablemente.

*

Luego, también, pero esto David Foster Wallace (conocido superdotado) está claro que lo escribe para sí y para protegerse, aunque en última instancia no diera resultado:

“La mayor parte del tiempo que paso en el Nadir juego al ajedrez conmigo mismo (no es tan aburrido como parece), porque he llegado a la conclusión -sin ánimo de ofender- que la clase de gente que va a megacruceros 7NC no suelen jugar muy bien al ajedrez.

Hoy, sin embargo, es el día en que una niña de nueve años me hace mate en veintitrés movimientos. No nos detengamos mucho en esto. La niña se llama Deirdre. Es uno de los pocos niños de a bordo que no han sido escondidos en la Guardería de Día de la cubierta 4. (…) Me tira muy fuerte, me llama señor y pone unos ojos del tamaño de bandejas para bocadillos. En retrospectiva, se me ocurre que aquella niña era un poco demasiado alta para tener nueve años, tenía un aspecto fatigado, los hombros caídos, de una forma característica de las chicas mucho mayores, una especie de mala postura mental. Por muy buena que fuera en el ajedrez, no era una niña feliz. No creo que entre ambas cosas haya una relación directa.”

*

Nota final: tiene muchas cosas David Foster Wallace. Muchas. Y sin embargo.

Nota post-final: cada año llegan a Barcelona unos dos millones y medio de personas viajando en cruceros. La población de la ciudad es de poco más de millón y medio.

Una terraza, varios subrayados, unos cuantos mundos (todos en este, claro está)

Oliver Sacks: “Desde mi infancia he tenido la tendencia a afrontar la pérdida —pérdida de personas queridas— recurriendo a lo no humano. Cuando, siendo un niño de seis años, me enviaron a un internado a principios de la II Guerra Mundial, los números se hicieron mis amigos; cuando regresé a Londres a los 10, los elementos y la tabla periódica se convirtieron en mis compañeros. Las épocas de tensión a lo largo de mi vida me han llevado a volverme, o a volver, a las ciencias físicas, un mundo en el que no hay vida, pero tampoco muerte.” Mi tabla periódica

Patricio Pron sobre Philip Larkin y Kingsley Amis: Las diferencias entre ambos, por otra parte, eran evidentes, y se harían más visibles con el tiempo. Amis se casó dos veces y tuvo tres hijos; Larkin nunca se casó, y buena parte de su obra está destinada a denunciar ambas cosas: sus poemas Egoísta es el hombre (“Nadie puede negar, no, / que Arnold es menos egoísta que yo. / Se casó con una mujer para que no se le fuera / y ahora la tiene allí hasta que se muera”), Llévese uno para los niños (“Un juguete vivo es siempre una novedad, / pero al final uno también se cansa”) y su célebre Sea este el verso, que comienza con la frase “Bien que te joden tus padres” y culmina aconsejando “Escapa lo antes que puedas / y no tengas hijos”. Amigos con derecho a injuria

Thiago Alcántara y el efecto Baldwin

P. ¿En qué medida su fútbol es instintivo y qué tiene de táctico? 09b57cabab29a83b41bfae78d50268e0

R. La táctica es noción de los espacios y el aprendizaje. El instinto tiene más que ver con el momento en que te llega el balón.

P. ¿Qué tiene el sentido táctico de instintivo?

R. Hay que leer el partido, dónde está el balón, y eso se aprende. Por ejemplo, cuando tienes dos medios y uno va a la presión, tú das un paso atrás y das cobertura porque lo has aprendido, pero al final es instinto, lo has hecho de pequeño. Depende, luego cuando cambia la zona donde juegas, cambias de movimientos. El instinto también se aprende.

*

Extracto de la entrevista de Luis Martín a Thiago Alcántara, jugador del Bayern de Munich, en El País. Quizás, sin saberlo, Thiago está aludiendo en cierto modo al efecto Baldwin (el aprendizaje se hace instinto a lo largo de la evolución), como hacía Javier Sampedro en Agradecimientos.

(De taller) Maradona y Messi y seis objetos en busca de autor

Volvemos a los talleres. Por aquello de llenar huecos.

Ejercicio: relato en diez minutos incorporando seis objetos predefinidos (marcados en el texto en cursiva)

***

La frase es de Maradona: “Yo tenía más visión de juego, pero Messi tiene más visión de arco”.

A ver quién acepta una idea absoluta. A ver quién dice Maradona, zurdo, Barcelona, Argentina. Quién dice Messi, zurdo, Barcelona, Argentina y lo deja estar. Pero no. Se persigue la comparación. Con ahínco, como si algo bueno pudiera resultar de ahí. Dicen: Maradona hizo al Nápoles, lo construyó de la nada, como un cubo de Rubik desperdigado al más completo azar.

(Ahora hacen cuadros con cubos de Rubik. Dibujan retratos)

(Deberían probar con el del pibe)

Messi no construye cubos pero clava cuchillos en la nieve. Es una cuestión neurológica. Da tres toques mientras tú das uno y por eso su pie es una mano y hace lo contrario de lo que tú haces y ahí se va, con la pelota en un guante y el móvil pegado a la oreja se va.

Dicen: si quitas el sonido y el balón te das cuenta de que no está jugando, está bailando. No hace falta quitarle el sonido. Pon El Cascanueces.

Maradona no baila así. Pero y qué.

No sé por qué persigues la comparación.

O sí.

Son mejores que tú.