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Con Laurent Fignon

septiembre 13, 2010

 

No es un mal consejo: 

Desconfía del poder de los obituarios. 

También de los aniversarios. Cinco, diez, cien años para que alguien sea rescatado, revalorizado. Pero también aquello que no debe ser fiable puede ser útil. Porque al fin y al cabo permite la memoria, el rescate. 

Hace unos días murió Laurent Fignon, el ciclista francés, a los 50 años. Desde hacía meses sufría un cáncer digestivo extendido. Fignon fue una de las apariciones más llamativas del ciclismo de los 80. Ganó el Tour en 1983 y 1984. Todavía se trata del segundo más joven en conseguirlo. Además, su debut supuso el ocaso de Bernard Hinault, uno de los más grandes. Y sin embargo, lo que más se recuerda de él fue una derrota, la del 89: uno de esos momentos en que el deporte se vuelve trascendente. 

El Tour del 89 fue aquél en que Perico Delgado llegó casi tres minutos tarde a la línea de salida, y 21 años después seguimos sin saber por qué. Quizás la puntualidad hubiera cambiado la historia; esos tres minutos impidieron que Delgado optara al triunfo final. Ese Tour finalizó, como no suele ser habitual, con una contrarreloj de 24 kilómetros por los Campos Elíseos de París. Al último día Fignon llegó de líder, con 50 segundos de ventaja sobre Greg Lemond, un norteamericano experto contra el crono. Delgado, tercero, estaba ya demasiado lejos. 

Era un duelo a dos. Con un claro favorito: Laurent Fignon. 

50 segundos se antojaban insalvables. 

El obituario no esconde el rechazo que en España provocaba el francés. Como el odio siempre busca una justificación, ésta no tardamos en encontrarla en el escupitajo que lanzó a una cámara cuando un periodista español le preguntó por Delgado. Pero yo creo que la causa venía de algo más allá. Quizás tenía que ver con la disonancia entre unas gafas de bibliotecario, 

-por ellas le llamaban “el intelectual”- 

una larga coleta y una incipiente calva frontal. Quizás era por su correr tosco, de una fuerza que aplicaba por igual en cada situación, por su lejanía de los especialistas (Delgado en la montaña, Lemond en la contrarreloj). Una conjunción de características que dificultaba la identificación. Agradecíamos su lucha, pero rechazábamos la admiración. 

En la contrarreloj del 89 Lemond salía justo antes que Fignon. El americano era de facciones más finas, gesto más suave. La estética se impone: pensándolo bien, deberíamos haber preferido al francés. Lemond había corrido todo el Tour a su rueda, sin un gasto de fuerza extra, sin dar un relevo de más. 

Pero lo preferíamos a él.

Cuando lo vimos aparecer ese día parecía venir del futuro. Un Michael J. Fox dentro de un casco aerodinámico y un extraño saliente en su bicicleta. Era un nuevo manillar, desconocido hasta entonces, importado del triatlón. Seducidos de nuevo. Su avanzar afilado contrastaba con el de Fignon, todo de amarillo, todo potencia a golpes de riñón, como cortando leña a 50 kilómetros a la hora.

Cuando Lemond llegó a la meta, a punto de doblar a Delgado esperó la llegada del francés. El locutor estaba convencido de la victoria de Fignon, pero los segundos empezaban a caer. Al final tardó 58 segundos más. Perdió el Tour por 8 segundos. La diferencia más pequeña de la historia. 8 segundos después de más de 3000 kilómetros. 

Pero no debería resultar tan extraño. Los hombres se parecen, especialmente en los extremos. 

La imagen visceral, la trascendencia, es Fignon frenando tras cruzar la meta y cayendo a su izquierda, desplomado. Un aluvión de personas alrededor y una cámara que apenas lo enfoca sentado frente al que debía de ser su masajista. La imagen es majestuosa, hipnótica como quizás sólo las grandes desgracias lo sean. Lemond, mientras, festeja su victoria. Pero la celebración se antoja ligera, casi forzada. Nada compite contra el francés incrédulo, sentado, todo de amarillo. Fignon había ido arañando segundos toda la semana, consciente de su última inferioridad. Seguramente, allí sentado pensaba: ocho más, tan sólo ocho más. 

Recuerdo mi alegría en aquel momento. El tosco maleducado había perdido, en su casa y de la forma más cruel había perdido. 

Sin embargo ahora: 

– Compruebo los vídeos en el podio y veo la entereza de Fignon, que media hora después felicita y bromea con el ganador. 

– Repaso sus últimas imágenes, rondando los 50. Sigue la calva, manteniéndose incipiente. Pero no la coleta. La imagen es más compacta, más humana. El pelo corto, paradójicamente, nos dice que las gafas no eran de un intelectual. Me acerco. Pienso en el estudio que se hizo años después de aquel Tour: la resistencia al viento que ofrecía la coleta de Fignon se calculó superior a los 8 segundos que perdió. 

– Recuerdo la forma de correr de Lemond. Tan conservadora. 

– Dos días después de su muerte sueño con Fignon corriendo una Vuelta a España imaginaria. Va de líder, pero muere a mitad de carrera. Me sorprendo alegrándome de que no pueda ganarla mientras sigo en el sueño. 

(hay sensaciones que a saber cómo extirpar)

Pero, ya de mañana, deseo con todas mis fuerzas que venza. En serio; con todas mis fuerzas. 

Desconfía, me dijeron. 

 

 

 

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From → Miscelánea

One Comment
  1. Hola, muy interesante el articulo, muchos saludos desde Argentina!

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