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El portador compasivo o cómo llevar a un niño, con Gustavo Martín Garzo

octubre 12, 2015

Gustavo Martín Garzo sobre el policía turco y el niño sirio muerto en sus brazos.

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garzo

Gustavo Martín Garzo

” “¡Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso!”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier El rey de los alisos. Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra”.

(20000caligrafías: No, nunca lo había creído)

(…)

Primo Levi, en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta cómo una noche los judíos se dan cuentan de que los van a matar. Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación. Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de ellos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas la tendieron a secar en los alambres de espinos. (…) Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque esa era su forma de cuidarlos. Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a sus hijos: que nunca morirán.

El policía turco que portaba al niño muerto creaba al hacerlo un espacio así. Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido.

(20000caligrafías: En el resumen del artículo se dice que el gesto del policía turco nos hace redescubrir el valor del amor por los que nos rodean. Anoto que no necesariamente, que no sé si hay amor ahí: lo que hay es delicadeza. Eso, junto con una cierta temperatura, son signos de aquello que tendemos a asociar al amor).

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En el mismo artículo, un rato antes:

“Una creencia judía afirma que en cada época en la tierra aparecen 36 justos. Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes. Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados, por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor”.

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El portador compasivo. Gustavo Martín Garzo. El País, 07/10/2015

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