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El hecho de escribir

febrero 28, 2016

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Le han encargado un texto de entre una y tres páginas sobre el hecho de escribir y no sabe muy bien. Le han dicho además que sería recomendable incluir una trama, y eso ayuda mucho a que no sepa muy bien. No son su fuerte las tramas. Tras cierto tiempo en lo primero que piensa es en inventarse un personaje y crear algo así como una estructura circular al modo de Continuidad de los Parques, aquel cuento de Cortázar

el primero en el que piensa es Cortázar

en el que el protagonista aparece leyendo en un sofá  y en el que al final, y suavemente, él mismo acaba convirtiéndose a su vez en protagonista del libro que lee. Piensa que podría cambiarlo por un personaje que en lugar de leer escribiera, pero cree que terminaría cambiando únicamente la ambientación y no quiere plagiar así, de una forma tan burda. Sin embargo sí quiere incluir de alguna forma a Cortázar y piensa cómo usarlo, si no para la trama, sí al menos para la propia ambientación, que tampoco se le ha dado nunca demasiado bien. Piensa por ejemplo en un personaje que escriba en un cuarto y que éste no sea muy amplio, porque es así como se imagina aquel poema también de Cortázar

Nocturno, se llamaba

que es únicamente un hombre en su cuarto y una ambientación discreta, numeraria, donde el final es “como si multitudes de caballos se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda”.

Pero no acaba de decidirse. Cree que si incluye a Cortázar así, de una forma tan deliberada, acabará también de alguna manera sucumbiendo a su estilo. Como es claro ya que no sabe muy bien piensa entonces en cambiar bruscamente de base, de referencia. Piensa en aquel poema de Bukowski

Aire y Luz y Tiempo y Espacio

por si quisiera hablar del hecho de querer escribir y no escribir. Basarlo, como en el poema, en que la falta de aire y luz y tiempo y espacio serían meras excusas  para dilatar la espera, para rehuir la afrenta. Piensa que si tratara así el tema podría incluir a Rulfo, que con sólo dos libritos se convirtió en leyenda y después abandonó, que dijo aquello de:

– No sabes las ganas que le entran a uno de leer en el preciso momento de ponerse a escribir,

y podría citar a Bartleby, el famoso personaje de Melville y su “preferiría no hacerlo”, pero tampoco acaba de convencerse. Se le ocurre entonces que podría reunir las dos ideas y englobarlas con la cita de Mairena: “lo raro es que uno sea sólo un tipo de poeta”, pero reconoce que no sabría muy bien por dónde seguir, que acumularía citas y ambientes pero dónde quedaría entonces la trama, dónde la tensión o lo novedoso.

Y entonces decide apelar en cierto modo a la sinceridad. Recuerda un librito de Auster donde afirma aprovechar una historia real para escribir un cuento de Navidad, un encargo del New York Times. De ahí salió el guión de Smoke.

Y a él le encanta esa película.

Por eso decide ser fiel. Contar que escribe en un cuarto no muy amplio entre fotos de Manhattan, el Moulin Rouge y de Man Ray. Contar que es una tarde de domingo, oscura, que está solo en casa y que sí, que es verdad que escribe esto por un encargo, pero también por aquello que le dijo su madre una vez:

– Hagas lo que hagas no lo dejes. Escribir te hace bien.

Y sobre todo porque eso lo dijo después de leer tres páginas suyas que acababa de escribir, porque lo hizo llorando y porque es verdad. También porque coincide con Millás en que por encima o por debajo de todo, “se escribe para contarlo”, y es por ello que decide transcribir lo que dos días antes anotó en su cuaderno, en un banco, una tarde en la que paseaba al lado del mar. Y lo transcribe tal cual, inconexo pero real:

“Recuerda: hay momentos que podemos acordar en llamar de soledad química, que son acaparadores, pero lábiles. Quiero decir que cualquier motivo puede hacerlos desaparecer. Que no dejan poso. Hoy (estos días) está siendo uno de ellos.

Acaba de vibrar el móvil. He tenido un sobresalto. Creo que de ilusión. Después, al ir a leer quién lo enviaba he visto que decía: mensaje en espera, memoria llena. Cuando eso sucede hay que borrar alguno de los mensajes guardados y esperar a que vuelva. Suele tardar una o dos horas. Y entonces, sólo con eso, ha vuelto el calor, las asociaciones, los recuerdos favorecidos. Un calor (ingenuo, pero calor al fin y al cabo) por cosas que vendrán o que volverán. Por ejemplo un calor al pensar simplemente en leer el periódico en la playa, contigo (y eso que sabes que nunca me gustaron las playas). Por cosas que dicen pequeñas.

Al cabo de un rato ha vuelto el mensaje. Era un recibo del banco. De una transferencia. Por unos cincuenta céntimos al mes el banco me avisa de estas cosas. Me he sonreído sin ganas, como si alguien estuviese grabando y tuviera que demostrar que entendía la ironía. También he pensado en lo tentador de aceptar una cierta confabulación, de un símbolo intencionado. No lo he hecho. Sé que soy yo quien accede al símbolo. Quiero creer que sirve igual.”

Transcribe todo esto porque en el fondo piensa que escribir es algo así: se manda un mensaje porque en el fondo se está buscando algo de calor. Y se espera que la respuesta no sea del banco.

Y de repente se da cuenta de que ha alcanzado ya las tres páginas y se convence de que, al final, escribir pasa por escribir, que no se precisa forzosamente una trama o que ésta puede adoptar tantas formas como uno u otro quieran, como el que lee o el que escribe quieran. Se da cuenta de que escribir es, de alguna manera, agarrar. Levanto la cabeza y me parece como si multitudes de caballos se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda.

Barcelona, 2010

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