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Subrayados

diciembre 28, 2008

Hay quien hace reseñas de los libros que va acabando. Hay quien los puntúa, les hace fichas. Otros, siempre más perezosos, nos conformábamos con subrayarlos. Sin embargo estaba el problema de que la mayoría de esos libros no eran nuestros, y había que devolverlos. Por eso decidimos, a veces, apuntar todo aquello que delimitábamos para luego poder hojearlo, recordarlo. Así, poco a poco nos dimos cuenta de que el proceso añadía otras ventajas, y que de una manera silenciosa pero tenaz, el ritmo de lo apuntado nos pertenecía mucho más que con la mera lectura. Ahora, que seguimos siendo perezosos pero intuimos sus ventajas, nos atrevemos a enseñarlo. Y al hacerlo reconocemos que  lo subrayado es un atisbo de diario, de dietario, aunque la mayoría no haya sucedido; que las frases sacadas del contexto adquieren más brillo, pero que amontonadas vuelven a un estado parecido al original; que, a cambio, parecen esconder una nueva historia.

La Fábula de las Regiones, de Alejandro Rossi (autor de El Manual del Distraído).

         Creen, me parece, que la maldad seduce como un diamante. A lo mejor por eso sus crónicas son algo aburridas, las de una humanidad sin contrastes, de una bondad como automática.

 

         Las sectas ofrecen a los desamparados singularidad y propósito. Como si le regalaran un nombre, como si le poblaran esas malditas horas del atardecer.

 

         Tenía ya la simplicidad del mártir o del asesino.

 

         De mirada, diría yo, incansable, como si todos los objetos de este mundo fueran una novedad interesante.

 

         Sospecho que cuando comprendemos el amor que una persona suscita en otras, ya nos entregamos a ella.

 

         Que esos  pueblos altos producen unas almas intensas e irritadas, almas de destinos bruscos y decisiones inmediatas.

 

         Hablo de su estampa y debo mencionar esa vaga hermosura de los hombres que no han decidido aún su vida.

 

         Quizá lo pescaron en esa edad en la que esperamos señales, indicaciones portentosas sobre nuestro destino.

 

         Aquí, la verdad, los muertos no interesan mucho. Quizá un signo de apatía moral o de un interés grosero y excesivo en la vida.

 

         Es posible, Don Fernando, que haya otra historia en la que estos hechos aislados y miserables sean el soporte, casi invisible, de una epifanía.

 

         El amor es así, necesita confirmación, un espejismo que exige realidad.

 

         Aquí, bajo el cielo más azul, se instala el infierno en diez minutos.

 

         Aunque también translucía el comprensible deseo de enamorarse de un escenario y de un destino.

 

         Nunca entramos solos al amor, están con nosotros quienes nos precedieron, genealogías iluminadas u obscuras cuyo origen exacto ignoramos. Es una carga de caballería, nunca un duelo solitario. (…) Como si la conociera desde una eternidad o como si le hubiera pasado la mano por la espalda.

 

         También es verdad que sabía darle al amor, con astucia de anciano, un aire de postrimerías, de necesidad vital, de medicina, de jugarse la vida, que ningún joven, salvo los enamorados de la muerte, pueden combinar.

 

         No te olvides que los gestos grandes no excluyen cierta ramplonería.

 

         Me miras, Lorenzo, como si no me creyeras mucho, como si no estuvieras convencido de que estoy bien. Lo estoy, la vejez no me importa y agradezco en lo que vale no padecer dolores. El dolor físico te aísla de todo, te obliga a concentrarte en él, es una ave carnicera que no te suelta nunca. Pero si la vejez es más o menos pacífica te devuelve el espacio reducido de la infancia.

 

         A los viejos, Lorenzo, los amores nos parecen hazañas fantásticas. Yo creo que ya no los entiendo bien. Suponen, ¿cómo decírtelo?, un torrente de vida, un gusto, una concentración tenaz, una avidez insaciable por la manera imprevista como se voltea cuando la llamas, por ese silencio delicado con el que ordena su ropa, por esas caricias distraídas que te hace cuando se cruza contigo, por esas manías de doblar la almohada, por ese diente un poco separado, porque te oye entre atenta e irónica, porque de pronto te cierra el botón de la camisa.

 

         Nunca midas el amor de un hombre por la belleza de la mujer. Nos enamoramos de un gesto, de una voz, de los signos visibles que indican un alma paralela. Yo me preguntaba cómo era posible que fuera tan atractiva y tan narigona. Te sostendría ahora que era una mujer sin zozobras interiores, la que nunca te pregunta, si me entiendes, cómo se saca el corcho de una botella, pero que tampoco se asusta porque tu abuelo no abre la boca durante tres noches seguidas. Una mujer sin excusas, que nunca se interroga si las cosas pudieron haber sido de otro modo.

 

         Se dio cuenta, con rapidez fulminante de que aquí no hay paz sino tregua.

 

         No recordamos únicamente lo que queremos sino, tal vez, lo que merecemos.

 

         “Que llueva fuerte, que yo oiga esas gotas gordas estallando en el patio.” Allí estaba tal vez el único reposo posible, en el rumor del agua o en la blanca luz de la primera mañana y no, por supuesto, en las frases pomposas y calculadas que le dedicaban los Libros de Texto oficiales.

 

         Se vio otra vez en aquel patio cuadriculado y se sintió tristísimo, tal vez porque adivinaba que hay cambios que no significan nada, viajes aparentes en los que en realidad no nos hemos movido un centímetro.

 

         El tiempo no estaba ya en el mundo externo, sino en el hígado, en el páncreas, en la vejiga, quién sabe dónde.

 

         ¿Y María? Ella era, en las fatigas finales, la realidad, la representante del mundo entero, el posible diálogo, el testigo que daba sustento a la idea, cada vez más inasible, de que había sido alguien. (…) La vio y se quedó indefenso, como si cambiara de geografía, como si en un charco de agua hallara una estatuita de oro. “Una mujer para volver a casa rápido”.

 

         ¿Sabes qué se me ocurre? Que lo peor de la vida militar es que te acostumbras a no convencer a nadie.

 

         No desearía que se desilusionara. Lo único que me atrevo a recomendarle es que, sobre todo al comienzo, se deje llevar por la vida del Puerto, que no se comporte como si estuviera en otra ciudad. No le oponga resistencia, de lo contrario no la va a entender. Conozca nuestro desorden, la inmensa haraganería que nos corroe, nuestro disimulo, la broma permanente para no enfrentarse a nada.

 

         Nuestra historia, Doctor, no es complicada, sino confusa, anote la diferencia.

 

         Nuestra brisa marina, me parece, tiene algo narcótico. Aquí en realidad se vive en plenitud de facultades pocas horas al día. Ampliarlas exige un enorme esfuerzo y la sabia administración de los estimulantes.

 

         No es que quiera defender a ultranza nuestra manera de vivir, pero hay que entender que nuestros defectos son el precio que pagamos para no morirnos tan rápido.

 

         Dejó todo, que debió de haberle parecido nada. Es una historia de la que nos burlamos en público y en secreto se nos cae la baba. En el Puerto envidiamos a todos los que se van, creemos que ellos son los valientes y nosotros los cobardes. Quintero descubrió algo muy simple y muy formidable: que la vida puede modificarse.

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12 comentarios
  1. Renata permalink

    “Mirar el río hecho de tiempo y agua
    y recordar que el tiempo es otro río,
    saber que nos perdemos como el río
    y que los rostros pasan como el agua.
    …”

    Arte Poética de Jorge Luis Borges

  2. Antípodo permalink

    Grandes extractos. Probablemente lo que nos evocan los párrafos geniales no difieren tanto de unas personas a otras. Seguramente deberíamos transmitir,de forma similar, más agradecimiento a los autores. Mientras, un buen escritor habrá sido y será alguien con talento que no necesita que le recuerden que es útil.

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