Supongamos que has decidido acudir a una conferencia y en la primera diapositiva aparece Laurence Fishburne ofreciéndote elegir entre dos pastillas, una roja y otra azul. Como seguramente ya sabrás, si eliges la pastilla azul seguirás habitando el mundo que ya conoces. Si en cambio eliges la pastilla roja entrarás en otra dimensión, en la verdadera realidad, y comprobarás que tu vida anterior era una ilusión. Así comenzaba la trilogía Matrix.
Y tú, ¿cuál escogerías?

En realidad no importa la pastilla que elijas, porque no hay pastilla. Y no porque, digamos, no exista Matrix, sino porque ya está aquí. Porque en realidad siempre lo ha estado.
La fundación Cosmocaixa de Barcelona inició el mes pasado una exposición titulada Abracadabra que se acompaña de una serie de conferencias sobre la relación entre la magia y la neurociencia. La primera de ellas tenía como título: Ilusión e ilusionismo: cómo engañar al cerebro con la magia y otros trucos. Los dos ponentes eran Susana Martínez-Conde, directora del Laboratorio de Neurociencia Visual del Barrow Neurological Institute, en Phoenix, y Miguel Ángel Gea, ilusionista madrileño.
(bonito nombre para una profesión: ilusionista)
Fue la doctora Martínez-Conde la que inició su charla con la imagen de Matrix. Y con ese fotograma se anunciaba ya una declaración de intenciones; en cierto modo se rehuía la charla meramente técnica para entrar en un terreno más divulgativo. Y su campo de trabajo es lo suficientemente visual y atractivo como para no abandonar ese plano. Éste es un resumen no exhaustivo y desordenado de lo que allí se dijo. Se renuncia a un hilo fijo. Se sucumbe a la fuerza de los ejemplos y la imagen. Supongo que en el fondo era algo así lo que se pretendía.
Existen tres posibilidades para generar una ilusión: ver lo que no hay, no ver lo que hay, o ver algo diferente a como es.
Yo pienso cuando de pequeño me explicaron el concepto de átomo. Que todo lo que vemos está formado por pequeñas partículas muy separadas unas de otras. Y no sé por qué la primera imagen que elegía era siempre una mesa. De madera. Y no entendía pero me asombraba pensar que esa mesa era en su mayor parte hueca. Hueca pero absolutamente sólida. Una barrera de huecos inexpugnables.
Me convenzo inmediatamente de que no hay pastilla roja o azul. Que no podemos elegir. A lo sumo pretender conocer.
Una de las ilusiones más famosas es la de los objetos imposibles. Éstos son construcciones que pueden representarse pero que, sin embargo, no pueden existir dentro de nuestras tres dimensiones. Uno de los artistas que más trabajó con ellos fue M.C. Escher, aunque el ejemplo más conocido quizás sea el triángulo de Penrose, creado por Oscar Reutersvärd, que ha sido construido en la realidad, y sobre el que se puede ver un vídeo explicativo aquí.


(La doctora Martínez-Conde sugiere que la ilusión es la base del arte. No me convenzo inmediatamente. Luego pienso que el arte depende de un extrañamiento que sin embargo no llegue a ser del todo ajeno. Acepto su parte de verdad.)
Un tipo de ilusión es lo que se conoce como ceguera. Se distinguen varios tipos: ceguera por el movimiento, ceguera al cambio, ceguera por atención y ceguera a la elección.
Un ejemplo de ceguera por el movimiento lo puedes ver aquí. Si miras fijamente al punto verde que parpadea comprobarás cómo los puntos amarillos fijos van desapareciendo alternativamente. Es un ejemplo claro de ilusión de invisibilidad.
La ceguera al cambio es, si cabe, más espectacular. Un trabajo especialmente conocido es el truco de la carta que cambia de color, diseñado por Richard Weisman, un neuropsicólogo que previamente se había dedicado a la magia. Puedes verlo aquí. Son tres minutos e incluye todo el proceso que permite llevarlo a cabo. Otro ejemplo de este tipo de ilusión proviene de un anuncio de la televisión inglesa con el que se pretendía aumentar la seguridad hacia los cicloturistas. En él se recrea la escena de un crímen y el espectador debe intentar contar todos los cambios que se suceden en el decorado durante el escaso minuto que dura la escena. Con él pretendían hacer llegar el mensaje de que a pesar de prestar una gran atención, existen multitud de cambios alrededor que nos pasan desapercibidos, por lo que deben extremarse las precauciones. Puedes verlo aquí e intentar captar todas las variaciones que tienen lugar. Verás que es toda una sinfonía.
El caso opuesto a este último lo representa la llamada ceguera por atención. En el siguiente vídeo verás dos equipos de baloncesto de cuatro personas, unos con camisetas blancas y otros con camisetas negras. Durante treinta segundos escasos debes concentrarte en contar los pases que hacen entre sí los miembros del equipo de blanco. Pero debes prestar especial atención y no descuidarte en ningún momento, porque los movimientos se entrecruzan y es difícil no perder la cuenta.
No, apenas nadie ve al oso. Hay quien incluso conociendo el juego, si presta la suficiente atención, consigue no volver a verlo.
(Al Pacino, en una entrevista hace unos años, decía que la felicidad estaba en la concentración.)
(Mientras avanza la charla me pregunto, tibiamente, para qué servirán todas estas investigaciones, todos estos experimentos. Cuál puede ser su utilidad. Me fascino por el conocimiento, por la extrañeza que suponen, pero no puedo dejar de buscar una aplicación. Me avergüenzo al momento de la falta de perspectiva. La atribuyo a la hora, al cansancio. Me preocupo.)
El último caso de ceguera del que se habló fue el de la ceguera a la elección. La base de este experimento la desarrolló el equipo de Petter Johansson, y su diseño, en esencia, es bastante sencillo. Uno de los experimentadores enseña a los voluntarios dos fotos de personas diferentes aunque con cierto parecido y les pide que escojan aquella que les resulta más atractiva. El proceso se repite con varias parejas de fotografías y, después, se les pide que expliquen los motivos de sus distintas elecciones. Los voluntarios se quedan con las fotografías que eligieron, pero el experimentador está entrenado para cambiar algunas de ellas por las que desecharon. En la mayoría de las ocasiones, cuando los voluntarios explican las razones de su elección, no reconocen el cambio, y lo que hacen es confabular para justificar la elección que en realidad no han hecho. Uno de ellos, por ejemplo, al serle mostrada una mujer rubia, aseguró que la escogió debido a que él prefería a las mujeres rubias, cuando en el momento de la elección había escogido a una mujer morena apuntando precisamente que prefería a las mujeres de pelo más oscuro.
Y ésto es lo que sucede en la superficie, en la ausencia de patología. Aún más fascinante es lo que ocurre al profundizar. Oliver Sacks es un famoso neurólogo que ha escrito numerosos libros sobre casos clínicos, alguno de ellos llevado al cine como en la película Despertares, con Robert de Niro. Su obra más conocida, sin embargo, sea seguramente “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero“. Este título corresponde a un ejemplo real, que fue aprovechado incluso en la serie Ally McBeal para ilustrar un caso en el que un hombre golpeaba a su mujer porque confundía su cabeza con un balón. Es un ejemplo extremo de lo que se conoce como prosopagnosia, o incapacidad para reconocer las caras. Otro ejemplo aún más raro es el llamado Síndrome de Antón, o anosognosia, en el que una lesión cerebral da lugar a lo que se conoce como ceguera cortical. En este caso los pacientes están imposibilitados para ver, pero son incapaces de reconocer la enfermedad, tanto a otros como a sí mismos, y confabulan, inventando situaciones o imágenes que realmente no pueden captar pero con las que pretenden rellenar ese hueco sensorial.
Durante la charla alguien pregunta si, conociendo todo ésto, podemos realmente fiarnos de los testimonios de un testigo en un juicio. Martínez-Conde responde tajantemente que seguramente no. Comenta que se hizo un estudio en el que se preguntaba a los voluntarios la velocidad a la que circulaban dos coches, uno rojo y otro verde, que sufrían un accidente. Pero las preguntas se podían formular de dos maneras diferentes. En la primera se les preguntaba simplemente por la velocidad que llevaban antes de chocar. En la segunda, sin embargo, se les consultaba sobre la velocidad que llevaban antes de que el coche rojo se estrellara contra el verde. En este segundo caso, el coche rojo parecía ir mucho más rápido que en el primero. (Hoy, en El País, un artículo recoge que el 80% de las condenas a inocentes se debe a un error de identificación, aunque aquí se mezclan otras causas, más emocionales, más relacionadas con la memoria que con la propia percepción.)
Si hay una ciencia social, es la neurociencia.
Las palabras mágicas son: amor, humor y libertad.
¡Mezcla, mezcla, que tú has venido aquí a mezclar!
¿Has traído tu dedo índice?
Juan Tamariz.
En la segunda parte de la charla, el protagonista fue el mago Miguel Ángel Gea. La interdisciplinariedad enriquece la comunicación, no cabe duda. El mago comenzó su intervención agradeciendo a los científicos el estudio de su disciplina. Sus investigaciones les están permitiendo empezar a conocer por qué funcionan sus trucos. Unos trucos de los que durante años prácticamente lo único que sabían era precisamente que funcionaban.
Es un empirismo tan puro, y un agradecimiento tan creíble, que vuelvo a preocuparme y avergonzarme por mi transitoria falta de perspectiva. Por mi sesgo de inmediata utilidad.
Nos comenta que la magia se basa en tres pilares: elementos técnicos, habilidad e ingenio. Y que pueden mezclarse o usarse independientemente. Que pueden adaptarse. También que en muchas ocasiones los trucos se basan en un condicionamiento. Para hacer desaparecer una moneda que va de una mano a otra, primero hay que mostrar el movimiento varias veces. Después, sin modificar aparentemente nada en ese proceso, es cuando puede desarrollarse el truco. Si la moneda va de una mano a otra, de izquierda a derecha, y si siempre se muestra en una mano o en otra, el cerebro acaba rellenando la información que le falta y le otorga un lugar a dicha moneda. El condicionamiento previo permite que una ligera e imperceptible modificación provoque la sorpresa.
(Pienso en N., científica, que cree en los horóscopos pero que, paradójicamente, se niega a ver cualquier tipo de truco. Porque se escapa a su control, dice.)
También el uso del humor, como parte de un espectáculo, pero también como distracción. Alguien comenta que durante la risa baja notablemente la atención. Pienso en el concepto de la risa como ceguera. Y también en aquello que escuché una vez: los que se ríen son más felices, porque al achinar los ojos, sólo es una mitad del mundo la que ven.
Pero eso seguramente sea otro tema distinto. Para otra ocasión.
El de hoy es el convencimiento de que vivimos en Matrix. Y el primer paso es reconocerlo. El segundo, seguramente, seguir conociéndolo.

PD: En el turno de preguntas alguien comentó que los indígenas americanos no podían ver las carabelas españolas al llegar a sus costas. No porque consiguieran esconderse, sino porque nunca antes las habían visto, porque no las conocían. Martínez-Conde respondió que ya había oído esa historia otras veces, pero que científicamente era imposible, que no suponía más que una leyenda urbana. El responsable del museo dudó también de la historia, porque se sabe que los mayas, en aquellos tiempos, ya fabricaban barcos parecidos. Miguel Ángel Gea estuvo de acuerdo en que seguramente fuera una leyenda. Luego, sonriendo, añadió: pero qué bonita.
Con Tom Waits (conversación)
Enero 25, 2010
Abro al azar una página del libro Tom Waits: Conversaciones, Entrevistas y Opiniones, de Mac Montandon. Es uno de esos libros que soporta o incluso exige el azar. Me viene bien para coger fuerzas. A veces se necesitan si estás leyendo a Tavares e intentas seguirle mientras busca una fórmula científica que explique los ciclos del horror y su relación con el paro. A pesar de la actualidad de la trama. Se abre por la página 230. Dice:
“Y ahí va algo más: bueno, espero que nunca tengas que usar esto, pero si alguna vez te persigue un cocodrilo, corre en zigzag. Tienen poca o ninguna capacidad para hacer cambios bruscos de dirección. Pero son rápidos, son muy rápidos. De hecho probablemente muera más gente por culpa de los cocodrilos que por… cualquier otra cosa. Más que de enfermedades del corazón. Y me han dicho que se dirigen hacia el oeste.
La camarera vuelve: ¿No vais a comer? ¿Todavía no?
Camarera: Nada de nada es nada. ¿Queréis más café?
Él asiente con la cabeza. Ella vuelve a llenar las tazas y se va.
Tom: Puedes sentarte aquí todo el tiempo que quieras.
Una pausa, mientras consulta sus notas.
Tom: Un topo puede cavar un túnel de trescientos pies de longitud en una noche. Un saltamontes puede saltar sobre obstáculos de quienientas veces su altura. ¿Sabes cuál es la criatura con el cerebro más grande en relación con el tamaño de su cuerpo? La hormiga. El globo ocular de un avestruz es más grande que su cerebro. Juntas ambas cosas y… no sé lo que eso significa. No voy a ninguna parte con eso.
Yo: ¿De dónde sacas estas cosas?
Tom: Simplemente viviendo.”
También, en el blog de Manuel Vilas:
Concierto (narradores)
Enero 10, 2010
No era como esos conciertos que se esperan durante tanto tiempo. Más bien era uno de esos conciertos que aparecen por sorpresa. Les dicen: tenemos dos entradas pero no podremos ir, si queréis y ellos claro que quieren. No saben siquiera de quién es el concierto pero claro que quieren. Y allí están ahora, esperando, haciendo cola en la puerta, charlando. Tranquilamente. Si llevaran tiempo esperando el concierto ahora no hablarían así, mirarían más a su alrededor: verían el bar de la esquina pensando si sería un buen sitio para después; repararían en la librería, allá, a la izquierda; se inventarían historias a partir de las esculturas de la fachada, de esas esculturas que salen del ladrillo rojo.
Pero charlan tranquilamente. Rehúsan toda solemnidad.
Él la coge de la mano. No le dice que le sorprende cuánto le apetece ahora ese concierto. Le pregunta que si tiene frío.
A ella le gusta cuando le coge la mano así, por sorpresa. No le dice cuánto le gusta: responde que no.
Al poco entran en la sala. Sigue estando ese ladrillo rojo, esas esculturas que sobresalen. Se sientan hacia la mitad de la platea. Se dan cuenta de que son de los últimos en entrar, que apenas quedan asientos libres. Él le pregunta la hora. Ella le dice que son más de las nueve, que ya debería empezar.
Y empieza.
En el escenario un tipo de algo más de treinta años. Él solo. Lleva el bajo colgando al hombro y tiene un teclado a su izquierda, guitarras a sus pies. Después de presentarse, brevemente, comienza. Pulsa un pedal y comienza a tocar el bajo: quince segundos, veinte a lo sumo. No más. Pulsa otro pedal y lo que acaba de tocar se repite. Ahora una guitarra y la misma operación, la guitarra se une al bajo. Después el teclado.
Él se echa hacia delante en su butaca.
Ella lo mira, parece como si quisiera decirle algo. Hace ese ademán. Pero luego se vuelve hacia atrás.
Despúes de grabar el sonido del teclado, el tipo del escenario coge la segunda guitarra y empieza a cantar. Ella conoce la canción. Es “Wicked Game”. Es de Chris Isaak. Me gusta más que antes. Eso piensa. Piensa: me gusta más que la original. Me gusta que vaya uniendo así los instrumentos. Supongo que a él también. Si se echa tan hacia delante es que le está gustando; es ese gesto que tiene cuando prefiere que nadie le hable.
Ahora el hombre ya tiene todos los instrumentos sonando. Ahora lo único que puede variar es la segunda guitarra y la voz. Suena especialmente bien. Suena bien y mientras me gustaría saber qué piensa así, tan echado hacia delante; me gustaría saberlo ahora, no que me lo explique luego, saber inmediatamente lo que se le pasa por la cabeza instrumento tras instrumento mientras ahora el hombre canta
“what a wicked thing to do”
mientras canta what a wicked thing to do y yo pensando en cómo ha ido añadiendo instrumento tras instrumento, me echo hacia delante pensando en el valor que se precisa para grabar un sonido y repetir un posible error hasta el fin de la canción, repetirlo hasta el infinito.
Me echo hacia delante para que no me hablen mientras pienso que sólo tiene una oportunidad,
pulsa el pedal, graba,
y luego el mismo sonido. Si hay un error el mismo error. Insistente. Irremediablemente.
Y la canción que suena tan bien. No pensé nunca que me llegara a gustar, pero suena mejor que nunca. What a wicked thing to do tan bien entre tanto ladrillo rojo, tanta escultura que sobresale, ella a mi lado y el riesgo de echarme hacia atrás
what a wicked thing to do
hasta que acabe.
La carretera. Cormac McCarthy. Comentarios al margen.
Enero 8, 2010
Contraportada:
Sobre la novela: En un mundo apocalíptico donde llueve ceniza, un hombre y un chico cruzan a pie el territorio norteamericano en dirección al sur. El hambre es mucho más que una preocupación diaria: es la me
dida de todas las cosas, y las bandas de caníbales asolan el país convertido en un yermo donde sólo la barbarie ha echado raíces. El amor de un padre por su hijo es, sin embargo, la única luz de una tierra que ha perdido a sus dioses.
Sobre al autor: Cormac McCarthy (1933) nació en Rhode Island, Estados Unidos. Su biografía se halla envuelta en la leyenda: no concede entrevistas, se dice que vivió bajo una torre de perforación petrolífera y que en su juventud llevó la vida de un vagabundo. Está considerado como uno de los escritores más importantes de la literatura norteamericana contemporánea.
Comentarios al margen (en una libreta, en la última página del libro. A lápiz. Mínimamente desarrollados.)
Generalmente, lo que no funciona en las alegorías es su afán globalizador. Tan infantil. Aquí, los símbolos no son explícitos. Funcionan con una aplastante lógica interna. Pero con todas las pretensiones ocultas.
Nos dicen en su biografía que McCarthy está envuelto en la leyenda. Que no concede entrevistas. A lo Salinger, a lo Thomas Pynchon. Que quizás fue vagabundo o que vivió bajo una torre de perforación petrolífera (sic). Del mismo modo, apenas hay explicaciones en la novela. Todo lo que es anterior a la devastación se oculta; se sugiere, pero en una bruma. Podemos sospechar que el hombre es médico. Pero no lo sabemos. Sólo que es capaz de coserse una herida, de nombrar el locus ceruleus. Una no-alegoría a tiempo real.
Fragmentos de una conversación entre António Lobo Antunes y Luis Izquierdo: ningún escritor sabe lo que es escribir :: sólo intentas hacerlo lo mejor posible :: escribes con todo el cuerpo :: con el hígado :: con los intestinos :: no sé en qué idioma escribo :: intento llegar al hueso de las cosas y dejar la grasa fuera :: adjetivos y adverbios están hechos para no ser utilizados :: los adverbios son como muletas :: si no sabes andar no sirven de nada :: escribo de forma sustantiva ::
La misma definición podría aplicarse a La Carretera. La pluma en el hueso, rayándolo, haciéndolo sonar. Las descripciones en párrafos como estados mentales. Pocas veces antes sucesiones de nombres escapando de forma tan constante de lo meramente objetivo. Nunca antes un paisaje más humano que sus gentes.
Oí una vez que Cortázar era, ante todo, un escritor tierno. De alguna manera era consciente de ello, pero no le había puesto nombre. Ternura. Luego pensé que también lo son Lobo Antunes, incluso en el hueso; Raymond Carver, incluso en fogonazos de realismo sucio. Y ahora McCarthy, incluso bajo nubes perennes de ceniza. Una ternura de abrazo rudo.
A J., que me recomendó este libro y que se queja porque hace tiempo que no le cito.
Cuesta terminar de leer La Carretera y no escribir a golpes; a párrafos.
Ciencia en palabras 3/ Buscando historias. La evolución.
Diciembre 27, 2009
- Al hilo de lo escuchado a Guillermo Fernández, consultor en Museología:
Lo que nos fascina es que nos cuenten historias, eso nunca se debe olvidar. Si usas imágenes, cifras, datos, pero los ofreces de manera aislada corres el riesgo de abrumar. Dices casi todo lo que quieres decir, pero si te distancias, si no atrapas al que escucha (y el que escucha no siempre te va a ayudar), todo eso se pierde antes incluso de llegar a sus oídos. Se desvanece. En cambio, si todo (o parte) de ello lo incluyes en una historia, como parte de una narración, el otro lo asimilará, se agarrará a ello para ir avanzando, reclamará lo que esté por venir. En el mejor sentido del término, se suspenderá.
*
Hay una historia que se usó como parte de un proyecto museístico para complementar la idea de la evolución. Era algo así:
En la selva del Amazonas, hace mucho tiempo, cuando los hombres ni siquiera existíamos, vivían unos monos a los que les encantaba jugar sobre las ramas de los árboles. Se pasaban casi todo el día por allí subidos, trepando, colgándose, saltando de copa en copa. De entre esos árboles había unos que les gustaban especialmente, porque tenían además unos frutos riquísimos. Podían pasarse días enteros comiendo esos frutos. Sin embargo, los árboles, que los necesitaban para reproducirse, acabaron por defenderse. Y así, con el tiempo, algunos de ellos fueron desarrollando una especie de espinas en su tronco; eran unos salientes de madera muy puntiagudos y venenosos con los que impedían a los monos subir por ellos, llegar a las ramas. Como los monos ya no podían coger sus frutos, estos árboles fueron multiplicándose, de forma que al final todos tenían esas puntas como espinas.
Pero la historia no quedó aquí.
Los monos no se rindieron.
Como querían seguir comiendo los frutos, los monos fueron buscando lugares en los que esos árboles tuvieran cerca otros por lo menos igual de altos. Trepaban entonces por los árboles vecinos y saltaban de copa en copa. Así podían llegar a las ramas más altas sin tener que trepar por el tronco, evitando las espinas venenosas. Los árboles habían perdido otra vez. La batalla volvía a estar del otro lado.
Pero la historia tampoco acaba aquí.
Aunque pudo parecerlo, tampoco los árboles se rindieron.
Con el tiempo llegaron los humanos. Éstos, después de comprobar el efecto venenoso de sus espinas, pensaron que podrían utilizarlas. Entonces, poco a poco, se dedicaron a ir arrancándolas de los troncos de los árboles para usarlas en sus cerbatanas. Las cerbatanas eran muy útiles para los hombres. Les servían para defenderse, pero también para cazar.
Y entre otras cosas les permitían cazar a los molestos monos que bajaban de los árboles para robarles la comida.
Y así fue como la evolución siguió una tercera vía. Cómo fue que los árboles acabaron por defenderse de los monos.
*
Las historias no exigen un completo rigor. Sin desviarse en exceso, lo que precisan es una lógica interna, una verosimilitud. (Los árboles no deciden defenderse de los monos. Simplemente es algo que les sucede.) Pero atraen la atención; despiertan el interés; -con-centran. Una vez logrado el efecto, conseguir la información puede ser ya un juego de niños.
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Marlowe, Pilonga, Vilas (y) Clint: no tantos cruces.
Diciembre 8, 2009
Refiriéndose a su propia obra, C
handler escribió: “Tiene que haber algo de magia en eso de escribir, pero no me atribuyo ningún mérito. Ocurre. Simplemente. Como el cabello rojizo. Pero encuentro bastante humillante coger un libro mío para leer un pasaje y sorprenderme leyéndolo de nuevo veinte minutos después, como si lo hubiera escrito otra persona.”
Dioses y Monstruos, sí, en Babelia.
De acuerdo y a pesar de ello, compruebo que ni Sole ni Bob tenían razón. Los tiempos cambian. Nosotros también. Pero no tanto.
***
PILONGA (Año 2003)
Pilonga: dícese de aquello que se bautiza en la misma pila.
Si te digo en qué pienso cuando escribo sobre pilonga sé que no vamos a coincidir. Nadie lo hace. Desengáñate. Desengáñate porque pilonga eres tú, con quien tantas veces hablé y hablaré de símbolos, viajes, pudores y pasajes, paraguas y metáforas, velos y balones y símbolos, otra vez, siempre ellos.
(Pausa. Orden).
Pilonga sabe todas esas cosas que sólo existen muy adentro, esa música que se escucha a deshora y me destapa la noche y su orden (también él, siempre). Eres tú que no me das la mano si no te lo pido -te construyo desde lejos y así nos va-. Eres tú que me dice que escriba desde las tripas, y yo que no sé si es necesario pero que en cualquier caso no puedo evitarlo y siempre me sale así porque por algún sitio tiene que salir, y tampoco sé si debería ser de esta manera, con tanto adorno, qué sé yo. Al fin y al cabo pilonga es también el hecho de aliviarse en la posibilidad, contentarse con el mero hecho de poder traducirlo, aunque no suceda.
(Porque pilonga es ante todo la aspiración a una música.)
Quiero que pilonga sea aquello a quien poder decirle que no sé cómo combinarlo todo, y saber que en esa duda se escapa la opción, se fugan los elementos a combinar. Pilonga es que me entiendas; pero también saber que no siempre debe decirse todo, que un punto de apoyo ficticio no suele ser suficiente.
(No lo entiendes. No lo digo bien. Es por impericia; y por pudor.)
Pilonga es todo aquello que se abraza a destiempo; lo que nunca fue, y la desoladora verdad de que en realidad no importe. Pilonga es ese algoritmo por el que si ese mendigo y yo dejamos la mente en blanco seamos momentáneamente iguales, el mismo.
Pilonga es también esta sonrisa de leve desconcierto y el creerte perdido.
(por pensarlo todo antes de tiempo. por equivocarse menos de lo necesario)
Pilonga es ese nombre extraño en el que escondo a quien nunca conoceré, la curiosidad y el espanto, tu sonrisa que aún retumba, la prisa y el cine los premios tus dientes la sangre la pausa la rima los gestos la estaca lo cerca lo lejos tus ganas sus versos mis faltas; los buenos días.
Las disculpas y la impotencia de las metáforas que se fuerzan.
Pilonga eres tú que tantos sois ya y de quienes apenas he hablado en este desahogo que fue tantas veces más sentido, certero y prolijo de lo que es ahora; porque al fin y al cabo pilonga es aquello que se bautiza en la misma pila, ese cajón y todo este desorden que no sé de dónde viene cuando la noche se destapa pero sin música y ya no queda más sino seguir hasta que empiece a sonar.
*
(Respirar. Fingir un orden; como un símbolo.)
***
“Yo fui quien le enseñé a Clint la ciencia de la lejanía.(…) La lejanía es el momento en que el pistolero se aleja por l
as montañas o por las praderas, se marcha, se va para siempre, desaparece, como hace Alan Ladd en Shane. Le pregunté una vez a Alan eso, que adónde demonios iba cuando acaba la película y se aleja hacia las montañas.”
Sergio Leone en el Telepurgatorio. Aire Nuestro. Manuel Vilas.
E(G)PS. ¿Una isla?. Domingo 22 de Noviembre. Navidad.
Noviembre 22, 2009
Al hilo de esto y aquello, y sin embargo.
“Era un fenómeno en todo lo que hacía”, cuenta Carlos frente a las fotos del álbum familiar. “Físicamente, era un superdotado. Intelectualmente, también”. En sus años de infancia ganó campeonatos de salto de longitud, hacía taekwondo, alpinismo, todo se le daba bien. Era guapo, listo, fuerte. Lo tenía todo. Cuando acabó sus estudios en el Liceo Francés emprendió varias carreras: arquitectura, sociología, físicas; también quiso ser piloto de aviones. Todo lo dejó a medio camino, la guitarra podía más. En unas pruebas psicológicas que realizó por indicación de sus padres en esos años de dudas, hizo un test de inteligencia. Sacó un 168, cuenta su hermano. “Es el mismo coeficiente que el de Einstein”, subraya sentado en el salón de su casa Bosco Ussía, biógrafo de Antonio Vega. El psiquiatra autor del test nunca había tenido una puntuación tan alta entre sus manos. Le dijo a Mari Luz, madre de Antonio: “No te felicito porque estos chicos suelen salir muy conflictivos”.
El País, Joseba Elola sobre Antonio Vega. 22/11/09, al hilo de su canción-testamento. En ella dice: “Cuando vivir no era un privilegio restringido / yo podía ser feliz sin ser el elegido.”
Pero también:
“Hay gente en Santiago, muchos de ellos escritores, que aún sueñan que España existe, pero yo que vengo de allí sé decirles que no, que España ya fue, y no pasa nada, porque se puede soñar con algo y con otra cosa distinta, sin dejar de soñar. (…) La fuerza es una razón que el conocimiento no siempre acaba de descifrar. (…) Los aviones tienen ventanas pequeñas y se alejan demasiado de todas las cosas importantes. Viajar en avión debería estar prohibido. (…) Lo que existe no tiene por qué ser contado con nuestras propias palabras.”
Ray Loriga en EPS. Todo el artículo aquí.
También John Ashbery, que usa máquinas de escribir antiguas por una cuestión de ritmo, de peso. Por la resistencia que le ofrecen las palancas.
Este ordenador parece deslizarse.
Finalmente: “Ya es Navidad en la puerta del Sol”. Aquí también es Noviembre y tampoco se esperan nubes.
Citados/16 Paradójica lucidez de Cash
Noviembre 12, 2009
(uno de tantos ejemplos posibles)
“La vida en el campo como yo la conocía es posible que sea algo del pasado y cuando los músicos actuales, intérpretes y fans por igual, hablan de ser <country>, eso no significa que sepan qué es o se preocupen por la tierra y la vida que ésta sostiene y regula. Hablan más de opciones: un modo de vestir, un colectivo al que pertenecer, un tipo de música a la que llamar suya. Lo que suscita una pregunta: ¿hay algo detrás de los símbolos del country moderno, o son esos mismos símbolos toda la historia? ¿Son los sombreros, las furgonetas y las poses de honky-tonk todo lo que queda de una cultura que se desintegra? En aquella Arkansas, un modo de vida producía un cierto tipo de música. ¿No será que en la actualidad un cierto tipo de música produce un modo de vida? Quizás eso esté bien. No lo sé.”
De las memorias de Johnny Cash, desde Ruta Norteamericana.




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