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Espejo (relato)

febrero 19, 2012

De repente se sorprende luchando frente al espejo contra la raya en medio y se detiene. Se detiene de una forma inapelable, definitiva. De repente Tomás Aleixandre sabe que hoy no lo va a conseguir, que es inútil que insista.

– a un lado, adelante, humedeciendo, alborotando.

Apoya las manos en el lavabo y acerca la cara al espejo. Se observa. Se recorre. Empieza por el pelo pero apenas se detiene. Una vez visto que es inútil alcanza a predecir la tibieza en los saludos, el pensar en el pelo mientras un buenos días, un sudor que no es sudor, una corriente que viene desde el abdomen hasta el rostro. La mirada que no se va a posar.

Continúa.

Baja por la frente, cuenta los pliegues, llega a las cuencas. Se distrae con el paisaje del fondo. Un pequeño cuadro de una playa de no sabe dónde sobre un azulejo blanco colocado para distraerse, para ensanchar el baño, como los dibujos en perspectiva para las habitaciones estrechas. Vuelve. Al ojo derecho. Al ojo izquierdo. Pequeños. Fuerza la sonrisa pero así no cambian de expresión. Juega a esto. Si el pelo no se coloca juega a sonreírse.

Continúa.

La nariz un poco achatada. Piensa: ésta es la cara que ven cuando dicen:

– Buenos días. No llores. Me voy. No me voy. Son veinte con cinco. Te eché de menos.

Piensa: ésta es la cara que se observa en un cuarto de baño con azulejos blancos y paisajes de playas amarillas que hacen como que ensanchan. Un lavabo, un vaso para los peines y los cepillos, un espejo. La taza. La ducha. Los jabones que aportan algo de color a tantos azulejos blancos y la playa tan amarilla a veces tan útil.

Vuelve a mirarse. Guiña un ojo. El derecho. Espera a sentir que pierde perspectiva, que se recorta el fondo. Mira a la playa. Guiña el izquierdo. La desplaza. Ahora el derecho, el izquierdo, el derecho.

– Hay mucha gente a la que le gustan mis labios.

– Buenos días, te eché de menos.

Se mira los labios, sonríe, se enseña los dientes; piensa si debería cortarse el pelo o no cortárselo. Cambiar el peinado. Los labios suelen gustar. Los ojos a saber cómo cambiarlos. Pero el pelo.

O la ropa.

La música.

Y mientras piensa esto va cerrando los botes abiertos, coloca los peines, el cepillo, revisa la espuma en el lavabo. Busca un orden por si alguien desde una playa amarilla ve a Tomás Aleixandre de espaldas luchando contra una raya al medio, sonriendo y guiñando a derecha e izquierda, llevándome en esta playa de derecha a izquierda de derecha a izquierda mientras grito buenos días te echo de menos, tranquilo, quédate quieto.

Mientras se marcha.

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