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Una lavadora es un iceberg (Generación Playmobil)

junio 11, 2011

Este relato ha formado parte del libro Generación Playmobil, editado por Liliput Ediciones

Una lavadora es un iceberg

El mundo es un lugar amenazante

R. Carver

 

De qué hablamos cuando hablamos (1)

Juro que la lavadora hablaba. Cada vez que escogías un programa la máquina te lo confirmaba en voz alta, con una voz tan femenina como metálica. Nos hacía gracia eso de que hablara, aunque no fuera esa la razón por la que la compramos. Más bien fue a pesar de eso.  Pensábamos que sería lo primero que nos daría problemas. A los 35 seguíamos desconfiando de la tecnología, y también ahí nos equivocamos. Lo primero que falló fue la bomba, la pieza que se encarga de sacar el agua.

Generación Playmobil (1)

¿Conoces ese chiste sobre los clips de Playmobil? Se acerca uno a la barra de un bar y le dice al camarero:

– ¿Me pone una Fanta?

– ¿De naranja o de limón?- le pregunta el camarero.

Y el clip de Playmobil, moviendo el brazo arriba y abajo le dice: es igual, me la voy a tirar por la espalda…

Todo humor se cobra su cuota de tristeza.

De qué hablamos cuando hablamos (2)

No es difícil cambiar la bomba de una lavadora. El tipo de la tienda nos lo explicó en un instante. Basta con quitar un par de tornillos y algunas sujeciones y luego desencajar las gomas que la unen a la toma de agua. Ya teníamos la pieza de repuesto y las herramientas necesarias, pero como con tantas otras cosas lo difícil es escoger el momento, esquivar la indolencia. Ceder. Como tantas otras veces no escogimos el momento adecuado. O quizá sí; es difícil saberlo a posteriori, calcular las ventajas y desventajas. El caso es que ella dijo deberíamos arreglar la lavadora y yo le dije que esa tarde prefería que no, que necesitaba descansar, que no importaba un día más o un día menos. Pero cuando el momento se escoge mal un día más pasa a ser casi una eternidad más.

Para Hemingway un cuento debe ser como un iceberg, que se vea sólo la décima parte, pero que intuyamos todo lo que se mueve al fondo, oculto en el mar.

Cambiar la bomba de una lavadora es también un iceberg.

Porque entonces ella decidió hacerlo sola. Para eso tuvo que retirar todo lo que había en esa habitación. Las cajas de los zapatos, el detergente y el suavizante, el cesto de la ropa sucia. Algunos trastos que no recuerdo ya. El cuarto estaba al comienzo del pasillo, cerca de la entrada, y sacó todo eso allí para que la lavadora pudiera girar, para que pudiera acceder a la parte de atrás. Pero no tenía fuerzas suficientes. Me llamó para que la ayudara con esa expresión de suficiencia y seriedad que ponemos cuando estamos obligados a pedir lo que no queremos pedir. Y yo me levanté, sorprendido y ofendido por su iniciativa autosuficiente, por no esperar un día más, por el orgullo reprimido que veía salir por toda su mirada, por entre los huecos de color en su cara.

– Tienes que aprender a mentir –, solía decirme.

Pero no pude. Y al primer esfuerzo sentí que mi cara reflejaba toda la ofensa y todo el cansancio de la tarde.

El atardecer en un rancho descrito por Faulkner.

Generación Playmobil (2)

Los muñecos de Playmobil nacieron en 1971. Su padre fue Hans Beck, un alemán que, en plena crisis del petróleo, decidió fabricar muñecos más pequeños que los tradicionales. Su diseño se basó en los dibujos que hacen los niños: cabeza y ojos grandes, sonrisa permanente, ausencia de detalles como orejas o nariz. Es decir, una figura humana pero muy simple. Y su tamaño es el ideal para que el niño los pueda guardar en un bolsillo.

(ventajas de una crisis)

Y eran especialmente toscos: apenas permitían movimientos de los hombros y de las supuestas caderas. Pero era fácil añadirles accesorios y que pudieran cogerlos con las manos.

En los años 80 y 90 su explosión de ventas fue tal que ahora mismo existen más de 1700 millones de muñecos, y si se cogieran de las manos darían dos veces la vuelta a la Tierra.

De qué hablamos cuando hablamos (3)

Tras algún día de silencio la rabia cedió, pero los trastos continuaron bastante tiempo allí. Como un recuerdo permanente, acechante.

Un iceberg flotante.

No hizo falta cambiar la bomba. Lo que la obstruía era la espada de un Playmobil que nunca supimos de dónde vino o de dónde salió.

Generación Playmobil (3)

Entre los 80 y los 90 uno de los mayores duelos fue el que protagonizaron Prost y Senna, los dos mejores pilotos de aquéllas en la Fórmula 1. Y la cumbre llegó justo en 1989 y 1990. Mientras caía el muro de Berlín, disparaban en Tiananmen, Mecano preparaba su Aidalai, Irak invadía Kuwait, moría Dalí y se hundía el Exxon Valdez, Prost y Senna llegaron esos dos años al último circuito con opciones de ganar el Mundial. El circuito fue, en los dos casos, el de Suzuka, en Japón. Senna era famoso por su talento animal, por su casi temeraria valentía. A Prost lo llamaban el Profesor, por su capacidad para analizar cada detalle, su frialdad, su inteligencia en la pista. En el 89 Senna necesitaba ganar la carrera, pero iba segundo detrás de Prost. A mitad de carrera decidió adelantarle en una curva teóricamente imposible. Los dos chocaron y se salieron fuera de la pista. Prost se bajó del coche, pero Senna logró que los comisarios le ayudaran y volvió a la carrera. Había perdido la primera posición, pero la recuperó adelantando al entonces líder en la misma teóricamente imposible curva.

Como un guiño genial. En la misma curva.

Lo descalificaron por imprudencia nada más llegar.

Una lavadora es un recuerdo

Bastantes años antes de la espada en la bomba había escrito un pequeño relato que también hablaba de lavadoras y que empezaba así: 

“Llega un momento en que uno no sabe muy bien qué hacer con los papeles viejos y la ropa sucia que se han ido acumulando o apilando sobre la mesa o la silla con cierta tenacidad secreta. No sabe. Y es entonces cuando las notas en la nevera, las listas de libros, tu jersey favorito o la camisa que odias se juntan con sus semejantes y adquieren conciencia social, es decir, que pasan a ser simplemente una parte del montón que va a la papelera o al cesto de la ropa sucia. Y entonces comienza un nuevo mundo – o dos -: el del montón de papeles sin rumbo fijo y el del montón de ropa dando vueltas en la lavadora. Y es entonces también cuando la nota sobre el Ulises que te prometiste leer se une al kilo de naranjas que debías comprar tres días atrás, y acaban juntitos y tan contentos allá por un barrio de la periferia. O cuando un niño se pasa una hora entera sin dejar de mirar el lavado y centrifugado de tres jerseys y cinco camisas, y su madre se ríe al pensar en la capacidad de asombro y todas esas cosas, esos lugares comunes.”

El final era:

“Mezclar papeles amontonados, miradas apiladas, recuerdos y ropa sucia y ver cómo se juntan y las vueltas que dan y olvidarse, lograr olvidarse por siempre y para siempre y durante un rato.”

No sé cuántos días estuvieron allí los zapatos y las botellas como un impertérrito iceberg. Sí que cada vez que llegaba a casa sentía, con menos alarma que interés, los cimientos dando vueltas hasta temblar.

Con menos alarma que interés. Como si pensara ya en tenerlo que escribir, en los giros que debería dar.

Generación Playmobil (4)

En 1990 la situación era la opuesta. Prost necesitaba ganar para alzarse con el campeonato. Cualquier otro resultado no le servía. Senna salía primero y el francés segundo, pero la dirección de carrera decidió que éste comenzara por la zona limpia del circuito, donde es más fácil el arranque. Senna, selvático, no podía soportar aquella intromisión y decidió que si no llegaba líder a la primera curva Prost no acabaría la carrera. Y así fue. En en el mismo circuito que en el 89, pero en otra curva y en otra situación, Senna volvió a embestir a Prost. Esta vez ninguno volvío a la pista, pero tampoco ninguno fue descalificado. Y Senna ganó ese Mundial.

El favorito de mi padre era Prost: más cerebral, más retraído e intelectual, más calculador. El mío también.

– Papá, tanto tiempo después no sé aún si agradecértelo o no.

En la nochevieja de 1989 casi lloré pensando en el cambio de década. Me puse mi chándal preferido, el más viejo, con los codos completamente desgastados, como homenaje a todos esos años.

Qué vergonzosa ternura.

De ser un iceberg, Prost y Senna apuntarían al fondo de una década y a la parte de atrás de una lavadora que habla.

Generación Playmobil (5)

No supimos de dónde salió ni de dónde vino aquella espada. Pero parecía vieja. Lo suficiente como para ser de un muñeco que hubiera visto, qué sé yo, a los Goonies de aventura o a Michael J Fox viajando en el tiempo con un monopatín en un Delorean

– ¿Alguien ha visto un Delorean?

O hubiera cantado a Mecano, o a Sabina, vivo en el número trece pero tengo más de cien motivos, bailado imitando a Michael Jackson y leído la insoportable levedad y leído los detectives salvajes y luego también haber visto a Prost y a Senna y a Michael J Fox temblar; y sobre todo haber visto esas películas de treintañeros donde se mezclaba el polvo cotidiano pero también la flor de piel, verlas con lejanía pero con una misteriosa intensidad, como adivinando sus trampas pero también su parte de sinceridad. Como diciendo: seré uno de ellos, y me llenaré de polvo pero espero que también de flor de piel, y toda esa mezcla tendrá que girar y se tendrá que mezclar para saber a dónde lleva si es que lleva a algún lugar.

Y con las vueltas suelte su espada y la deje marchar.

Una lavadora es un recuerdo (2)

7º- Antes de desmontar nada leer otra vez muy atentamente el manual de instrucciones y

mantenimiento de la máquina, que nos puede recordar algo que hayamos olvidado revisar.

Extraído de un manual de reparaciones de lavadoras automáticas.

De qué hablamos cuando hablamos (4)

Llega un momento en que uno no sabe muy bien sacar todo eso de allí para que la lavadora pueda girar. Y entonces comienza un nuevo mundo en un rancho de Faulkner en el que tienes que aprender a mentir con cierta tenacidad secreta. Llega un momento en que todos los gestos se juntan con sus semejantes y cambiar la bomba de una lavadora es también un iceberg de miradas apiladas, recuerdos y ropa sucia. Y en ese rancho seguimos desconfiando de la tecnología, y una voz tan femenina como metálica ya no se ríe al pensar en la capacidad de asombro y un día más puede ser también una eternidad más. Y que está el polvo pero también la flor de piel y están nuestros semejantes, tan contentos allá por un barrio de la periferia, y con la lejanía y la bomba arreglada toda la mezcla gira hasta que nos olvidamos por siempre y para siempre y durante un rato, hasta recordar que nos hacía gracia eso de que la lavadora hablara.

Que todo humor se cobra su cuota.

Pero que las frases cortas casi siempre mienten.

Que nos hacía gracia.

                                                 Jesús Méndez

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From → Relatos

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