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Sobre gigantes (suave relato erótico)

marzo 14, 2011

Sobre gigantes

Que lo que tranquilice no aterre.

Si la ves pasear verás que se mueve completamente devota de su cuerpo, sometida a los entresijos que la perfilaron. La espalda muy recta, las piernas que le alargan la zancada, una pequeña curvatura en el paso en cada tobillo y unos hombros que la definen sin que parezcan pertenecerle. 

Y él también ha notado ese preciso momento en el que las dos miradas se aceptan, se repliegan hacia adentro pero no rechazan sino que invitan, dan la bienvenida. Hay un instante en el que esas miradas aparecen, como si algo sin nombre pero tercamente real se impusiera al juicio, las predicciones, a cualquier palabra bien o mal pronunciada. Es algo que se instaura y que parece venir de lejos para acabar en ojos cerrados, una leve inclinación y en el labio contra el labio. 

(con sus primeros besos pensó que las otras bocas tenían todas un mismo sabor. cuando los besos se repitieron también a la luz del día comprendió que ese gusto común era simplemente el del alcohol.) 

Si la ves así podrá sucederte con sus hombros lo que tantas otras veces sucede: con un lunar, con las piernas, el ombligo, la forma de la cadera, un rasgo de las manos, la curva lumbar al teclear en el ordenador. Que la imagen se te aparezca una y otra vez y se transforme en un lugar por el que transitar, al que vuelves en tu imaginación una y otra vez, idealizándolo como algo fuera de alcance pero permanentemente situado en foco, algo central pero misteriosamente irreal en el que un lunar, una cadera, una curva se convierten en símbolos únicos, que a casi nadie más pertenecen. En el que es imposible medir el tamaño de unos hombros que se vuelven volubles, impredecibles, ingobernables en la imaginación. 

Y después él comenzará a desnudarla poco a poco, tratando de replegar la agitación que le posee pero que habría supuesto incluso mayor. El recuerdo será incluso más vívido que la sensación real: curioso lo que sucederá mientras le levanta el jersey, se acerca, huele el cuello, un cuerpo y otro se rozan pero aún no aprietan, como una barrera aún interpuesta, mientras ella levanta también su jersey y cierra los ojos en un gesto que podría ser de ausencia pero es todo lo contrario, él cree, él quiere creer porque aquello que se ha instaurado y que parece venir de tan lejos así se lo dice, así se lo quiere hacer saber y. 

Y le quita el resto de la ropa, le baja los pantalones apenas rozando la piel, enrolla las medias, le suelta el pelo. Y hace una pausa. Y la mira a los ojos. Y se sorprenderá después al recordar cómo ha logrado detenerse, poner las yemas de los dedos en su cuello justo bajo los lóbulos, ir descendiendo hacia fuera siguiendo las clavículas, notando los contornos tantas veces imaginados ahora tan concretos pero no por ello más asequibles, menos complejos; es cierto: en ese momento las manos no los hacen menos complejos, le informan de lo que debe de ser su forma real pero hay innumerables detalles que él no podía imaginar y que incluso ahora se le escapan, que nota confusos y que no puede abarcar; y continuar y llegar hasta el extremo de los hombros, hacer el esfuerzo inútil de memorizar su tamaño, pero qué tamaño si casi todo se le escapa y luego ya sí, acercarla, romper la barrera, apretarse como no acertaron a hacerlo antes y dejar actuar aquello que se había instaurado y que ahora coge otra forma, más enérgica, más decidida, que dicta de alguna manera el movimiento de las manos por cada zona del cuerpo, 

-más despacio -, dirá ella 

y él asiente mientras dirige sus dedos hacia las piernas, el ombligo, la curva de la cadera, mientras nota cómo se adaptan a las imágenes con las que tanto jugó, nota cómo los dedos van construyendo en vivo lo que tanto imaginó, oye los lugares hacia donde la boca debe dirigirse, las compulsiones necesarias para que todo se desarrolle como debe hacerse sin que ya nadie pregunte porque no hay respuestas más que las de la carne, 

cuando los leones marinos ven llegar a las hembras se abalanzan hacia ellas por la playa aplastando todo lo que puedan encontrar a su paso, incluyendo sus propias crías y 

y no habrá más pistas que las del cuerpo y los sonidos que apenas había imaginado oírle pronunciar y apenas les cabrá una idea más hasta que la energía estalle y los cuerpos se ablanden y tras un momento de pausa y de extraña soledad algo superior a ellos les haga abrazarse pero no de frente, haga que ella se recoja dándole la espalda mientras él la agarra desde atrás y los lunares sean ya sólo lunares y no símbolos, y las caderas sólo la curva de los huesos; y sobre todo que los hombros vayan cambiando de aspecto para convertirse en murallas o convertirse en enredaderas, y que tras esa conversión aquello que les supera le abra de inmediato los ojos y le muestre por una vez cuál es el verdadero tamaño de esos hombros, su inequívoca y concreta forma real.

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From → Relatos

One Comment
  1. jimmy permalink

    deu n’hi do, quin pes específic que té això

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