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Ciencia en palabras/ Tres ordenadores y ningún adivino

enero 16, 2011

 Tres ordenadores y ningún adivino

Según la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en Tokio puede provocar un huracán en Nueva York. Es posible, aunque difícil de imaginar. Pero también son difíciles de predecir los cambios que se darían en el camino. Quién iba a pensar cuando la mariposa empezó a batir que justo al lado de allí un grupo de estudiantes chinos conseguiría guardar 200 gigas de información en un gramo de bacterias, logrando un auténtico pen-drive biológico. O que al mismo tiempo otros científicos, en este caso en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona iban a ir más allá, y diseñarían un ordenador celular compuesto por levaduras. Un ordenador capaz de captar señales biológicas y responder a ellas tal y como el programador quiera. Que, si todo va bien, podría captar, no sé, que nos sube la glucosa y ordenar que se libere insulina. O más aún, podríamos desandar parte del camino desde Barcelona hasta Alemania siguiendo a Juan Ignacio Cirac, quien trabaja buscando la posibilidad de fabricar un ordenador cuántico. Tal cual. Un ordenador que aprovecha ese principio de indeterminación por el cual un electrón está en cualquier sitio hasta que lo observamos, y que permitiría hacer operaciones a una velocidad endiabladamente superior a la del más potente ordenador actual. 

Con todo lo que pasa por el camino no sé lo que encontraríamos al llegar a Nueva York. 

Y todo esto viene por lo que dijo mi amiga A. en un cena hace pocas semanas. A. piensa que nosotros, los que ya crecimos con Internet, seguiremos el ritmo de la tecnología. Que no nos desfasaremos, como le ocurrió a muchos de nuestros padres. A. tiene un punto de razón: hemos vivido un salto cualitativo, casi un giro copernicano. Pero también le sobra ingenuidad. Es cierto que nadie podía pensar en ordenadores hace 100 años, que muy pocos imaginarían hace 30 algo como Internet. Pero eso no prueba que no vayamos a quedarnos descolgados: en los últimos 20 años se ha acumulado tanta ciencia como en toda la historia de la humanidad, las revoluciones son cada vez más constantes y no hay ningún adivino fiable; ni siquiera un ordenador que pueda predecir el posible huracán.

No sabemos apenas nada. Por eso podemos esperarlo todo. En Nueva York y a lo largo de todo el camino hasta allá.      

 

Esta columna fue publicada en la edición impresa de Tercer Milenio, suplemento de ciencia de El Heraldo de Aragón (11/01/2011)    

 

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