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Marathon v1.0

noviembre 18, 2010

 

No se siente Filípides. Nadie le ha obligado a correr, no le esperan turbas de mujeres y niños ni en Atenas ni seguramente al llegar a su casa le esperen. Ni siquiera cumple una función, no concreta un objetivo y sobre todo no correrá 42 kilómetros, sino tan sólo 10. Y sin embargo ahí está, perfectamente preparado, concentrado, rodeado de tanta gente que, como él, espera la orden, la voz de salida. 

Filípides sí tenía un objetivo, aunque no mucha gente lo conozca. 

Todavía le cuesta dormir las noches previas a una carrera. No sabe a ciencia cierta el porqué. Sólo se trata de correr. Apenas hay imprevistos posibles, nada que pueda perturbar lo conseguido con el entrenamiento. No es un examen en el que las preguntas escogidas determinen el resultado final. Y, sin embargo, no duerme bien. 

Filípides, de hecho, debía darse prisa. 

Ha tomado la bebida correspondiente, se ha ajustado perfectamente el reloj. Por alguna razón que hasta él desconoce hoy ha elegido una camiseta azul, que no suele usar. Sigue todas las rutinas del calentamiento, todos los estiramientos aconsejados.

Le gusta la sensación de correr solo, no solo de entrenar solo, sino de competir solo. No quiere para esto la camaradería de los grupos ni de los amigos. Tampoco de esto conoce del todo la razón. Corre con sus sensaciones, corre para sí. Y de esta forma completa los primeros kilómetros, concentrándose en su ritmo, obviando en un primer momento la gente a la que pueda adelantar o que le pueda rebasar. En un principio lo importante es él, adecuar su cuerpo, compenetrarse con él. 

Filípides participó como soldado en la batalla de Maratón, en la que los atenienses se enfrentaron contra los persas. Los griegos eran inferiores en número, y la victoria no estaba clara. Los persas habían anunciado que, tras la victoria, llegarían hasta Atenas, violarían a sus mujeres y acabarían con todos los niños. 

A partir de los 3 ó 4 kilómetros ya sabe el ritmo que ese día podrá alcanzar. Es a partir de entonces cuando se comienza a exigir. Es también entonces cuando comienza a levantar la mirada, a fijarse no tanto en las calles, el circuito o los espectadores como en los corredores que le acompañan. Se dice que en estos casos uno compite contra sí mismo, pero no es del todo cierto. Los rivales no sólo lo hacen a uno superarse, también adquieren su propia entidad. En estas carreras a los rivales los conoce a partir del kilómetro 4: son los corredores de su nivel, los que se adecúan a sus posibilidades. Uno ha de elegir los enemigos acordes, aquellos que le permiten superarse sin sentirse ya vencido de antemano. 

Los atenienses habían decidido otorgarse un plazo para la batalla. En caso de que para entonces las mujeres no hubieran recibido noticias deberían matar ellas mismas a sus propios hijos, evitar así el sufrimiento que los persas pudieran ejercerles. Al final los griegos vencieron el mismo día en que el plazo expiraba. Por ello el general Milicíades le ordenó a Filípides que corriera los 40 kilómetros que separaban Maratón de Atenas, que lo hiciera lo más rápido posible y que llevara el mensaje de la victoria hasta la ciudad. 

Mientras escoge a sus rivales no puede evitar fijarse en la tremenda variedad de cuerpos que le acompañan. No hay dos estilos iguales, no hay pares de piernas iguales, apenas balanceos semejantes. Pero todos avanzan hacia un mismo lugar, casi homogéneos si uno se aleja lo suficiente para mirar. 

No sabemos con quién se pudo encontrar Filípides en su camino. Ni siquiera si llegó a encontrarse con alguien. 

En el kilómetro 6 ó 7 ya está claro quién es su rival. Viste pantalón negro y camiseta roja, es algo más alto que él, y recuerda ahora que debió de adelantarle hacia el kilómetro 3. Desde entonces lo ha tenido delante, a una distancia constante que ahora parece reducirse. No le gusta su estilo. Es un corredor fino, pero no tiene la decisión ni el empuje que él admira en otros. Quizás también en sí mismo. Avanza casi por inercia y con un grado de absentismo, de anacrónica bisoñez. Caderas bobaliconas. Así las piensa él ahora, convencido de que en la carrera cada parte del cuerpo tiene su expresión, en ocasiones una expresión mayor que la del rostro, a veces tan huidizo. 

Desde luego Filípides no halló ningún rival. Pero tampoco lo necesitaba.  

Se sorprende con la mente fija en el tipo de rojo y su correr mientras se le acerca cada vez más. Sabe que la carrera es contra sí mismo, aunque tampoco sepa qué tiene que demostrarse a sí mismo, y sin embargo se sorprende con la mente fija en el rojo y las caderas bobaliconas. Apenas mira ya el cronómetro, las calles o a los otros corredores. Debe superarlo por orgullo personal, pero sobre todo porque no puede tolerar esa bisoñez, ese correr sin alma. Se sorprende sintiendo algo que se acerca a la rabia, incluso al odio ahora que cada vez está más cerca de él. 

Tampoco sabemos lo que Filípides pudo tardar. Sí que al final llegó y el mensaje que dejó al llegar. 

Y sólo queda un kilómetro y ahora sí que voy a tener que apretar el ritmo porque no quiero que me pase el tipo de azul. Ya dos kilómetros aguantando su respiración de buey enfebrecido y sus balanceos exagerados. Hoy no quería apretar pero voy a tener que hacerlo porque no quiero su cara de satisfacción a la llegada, no quiero esa satisfacción por un esfuerzo tan tosco, tan exagerado por algo que gente así me hace ver como tan nimio. Y por eso no me va a pasar. 

Hemos vencido, dijo Filípides tras recorrer los más de 40 kilómetros mientras aquí ya tenemos vencedor, mientras entran el segundo y ahora el tercero, los persas han sido derrotados mientras a casi un kilómetro de la meta vemos a dos tipos esforzándose a la par, una camiseta azul y otra roja alternándose pero casi a la par, mientras el mensajero cierra los ojos incapaz ya de ver a las mujeres que lloran de pura felicidad.

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From → Relatos

4 comentarios
  1. Renata permalink

    Run, run , run Forrest! Don’t stop.

  2. Firmin permalink

    No me ha quedado claro de qué color era tu camiseta? Ah!no preguntaré quién ganó, ya sé la respuesta…

  3. Magistral, me ha encantado, me veo reflejado en el protagonista.

    Un saludo

  4. george permalink

    Bonito relato,,,

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