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Arqueología, v1.0

noviembre 2, 2010

 Instrucciones: protagonista mujer, 20 años, nacida en un pueblo cercano a Barcelona. Se traslada a la ciudad para estudiar arqueología. Hobbies: fotografía voyeur.

 

Cuando la ceniza les alcanzó los encontró a los dos tumbados y abrazados de costado. Otros parecían querer protegerse y levantaban las manos como si creyeran poder sujetar aquella avalancha de lava y polvo. La mayoría, simplemente, parecían haberse resignado y se enrollaban sobre sí mismos, fetales; en esa postura que parece mitigar cualquier agonía. Ellos, sin embargo, se protegieron en ese abrazo. 

O quizá, simplemente, se consolaron en él. 

Y esa es la imagen que vi en Pompeya con 13 años y que me acabó llevando a la facultad de arqueología; o así me lo expliqué más tarde, quién sabe. Porque también estaban otras historias que me iban y venían y que ahora mismo ya no recuerdo de dónde sacaba. Porque no sé cómo de aquellas ya conocía la historia de Champollion y la piedra Roseta, conocía a Howard Carter; incluso seguí el traslado, piedra a piedra, de Abu Simbel, el templo que la presa de Asuán inundaría y que reubicaron 60 metros más arriba con la precisión necesaria como para que, dos veces al año, el sol ilumine a Ra y deje en penumbra a Socar, al dios de la oscuridad. 

Y sin embargo siempre esa imagen perenne: los amantes de Pompeya enrocados entre la ceniza, el morbo de la vida sorprendida, observar por la mirilla pero miles de años atrás. Después estudiaría a fondo todas las ruinas provocadas por la explosión del Vesubio. Analizaría el foro, el templo de Apolo, el lupanar, esas aceras perfectamente pavimentadas. Disfrutaría con los frescos tan bien conservados, con los rostros tan familiares, perfectamente napolitanos. Pero nada tendría la potencia de aquellos maniquíes enrollados e inexpresivos. Una potencia que luego, casi sin saber, siempre busqué y que terminaría por encontrar. 

Porque para una chica de apenas veinte años que llega a la ciudad las historias y los libros no son suficientes. Por más que Carter y por más que Abu Simbel. Seguramente nada es suficiente para una chica de veinte años pero yo me acerqué de otros muchos modos. De ellos sólo uno tiene cabida aquí, entre tanta ceniza, piedra y ruina. Y es que si la arqueología se divide en prospección, excavación y análisis, tanto más la fotografía se divide así. Yo buscaba en imágenes todo aquello que no me daban los libros y las piedras. Para una chica de 20 años que llega de su pueblo a Barcelona en los años 60 la fotografía puede ser la entrada a todo aquello que soñó y apenas imaginó. La prospección abarcaba casi cualquier zona, la excavación se dirigía a cualquier forma de afecto y en cualquier situación. Buscaba en la vida la forma que la ceniza había dejado, ya fuera en los bares, las calles, en los pasillos de alguna pensión. Era una perfecta voyeur escondida bajo abrigos y faldas de niña bien. 

Y fue en el lugar más anodino donde encontré la potencia del maniquí: 

De aquellas sólo había garajes precisamente en las casas de las niñas bien. Que hacía yo ese día allí ya no lo sé. Ya sólo sé del eco que provocaba el ruido del motor y del humo que se acumulaba. De mi tos. Y luego, sobre todo, de la pareja de ancianos cogidos de la mano en los asientos delanteros de aquel Citroën. De mí acercándome a la ventanilla llamándoles pero sin fervor. Diciendo inocentemente: ¿están bien?, ¿se encuentran bien? Cumpliendo con lo establecido pero sin ninguna convicción. Tocando en el hombro a la mujer menos como esperanza que como comprobación. Y entonces sacando la cámara y fotografiándoles sin cesar. Pensando, pero sólo ligeramente, si aquello era accidente o decisión. Creyendo ver al hombre moverse. Continuando con las fotografías. Convenciéndome de que aquellas manos unidas cerca de una palanca de cambios eran el reflejo de una aceptación. Apenas ya pudiendo respirar, siguiendo con las fotografías y cada vez más sintiendo que debía ayudar, avisar, que daban igual las manos pero sin embargo el abrazo de Pompeya y más fotografías hasta que el carrete se terminó, yo sin apenas poder ya respirar, la mujer a la que quizás también  había visto moverse y luego escapar, salir corriendo. Respirar, y luego ya sí: avisar. 

Cuarenta años después estoy en el cine. Qué hice tras la arqueología y la imagen de Pompeya en un garaje no es importante aquí. Me convencen para ver Titanic. Me interesa más por la exploración que por su historia. Es lógico. Hay dos escenas de la película que, sin embargo, se me imponen: una es la pareja de ancianos en primera clase que, ante la inundación, deciden no abandonar su habitación, morir en la cama abrazados. Es una imagen real, rodada casi en el año 2000 sobre un abrazo que tuvo lugar en 1923, antes incluso de un Citroën y unas manos en un garaje. Pero mucho después del volcán. Una misma imagen que se cruza por toda la historia repetidamente. Luego está la escena de la anciana que lanza la joya al mar, que tras contar su historia esconde una parte fundamental. La anciana soy yo. Pero en vez de una joya escribo y escondo una confesión sobre dos ancianos que vi morir en un garaje que no era Pompeya ni los mares del Norte, cogidos de la mano en algo que no era un abrazo y, sobre todo, en una situación que, al contrario que a las faldas del Vesubio, no era inevitable. Porque recuerdo cada vez más cómo se movieron aquellos ancianos. Y porque pienso en aquel reportero que ganó el Pulitzer y en el buitre que se acerca a la niña y en todas sus fotos. Porque realmente se movieron y seguramente den igual las manos y la decisión y todo lo demás. Porque yo sólo quería esas fotos, la potencia de aquellos maniquíes (pero no eran maniquíes) y por eso ahora escribo y escondo una confesión junto con un carrete entero de fotos; y en lugar de lanzarlo al mar lo entierro para que con los años lo descubran pero no ahora, como si pudiera hacerse de la arqueología algo premeditado y consciente, como si algo así realmente se pudiera enterrar.

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From → Relatos

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