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Con John Banville

agosto 2, 2010

Lo que sí envidio es el fin de semana del oficinista. Debe de ser un lujo, dos días enteros de libertad. Para mí, el fin de semana es una tortura de hastío, frustración y el amargo esfuerzo de pasar por un ser humano. Cuando no está en su mesa, el escritor se siente vacío, siente que es una piel despellejada sin huesos; por lo menos, yo me siento así. Y, sin embargo, qué afortunados somos los escritorzuelos, que nada de lo que nos sucede, por muy terrible que sea, carece de una utilidad redentora. Me imagino en la consulta del médico, recibiendo el peor pronóstico posible, con la boca reseca de terror y, al mismo tiempo, tomando nota de mis reacciones y almacenando todo para usarlo en el futuro, aunque el futuro, para mí, se haya acortado cruelmente de pronto. O quizás lloriquearé y temblaré y me olvidaré de que alguna vez fui escritor.

Diarios.

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