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Ciencia en palabras 4/ Buscando historias. La evolución.

diciembre 27, 2009

– Al hilo de lo escuchado a Guillermo Fernández, consultor en Museología:

Lo que nos fascina es que nos cuenten historias, eso nunca se debe olvidar. Si usas imágenes, cifras, datos, pero los ofreces de manera aislada corres el riesgo de abrumar. Dices casi todo lo que quieres decir, pero si te distancias, si no atrapas al que escucha (y el que escucha no siempre te va a ayudar), todo eso se pierde antes incluso de llegar a sus oídos. Se desvanece. En cambio, si todo (o parte) de ello lo incluyes en una historia, como parte de una narración, el otro lo asimilará, se agarrará a ello para ir avanzando, reclamará lo que esté por venir. En el mejor sentido del término, se suspenderá.

*

Hay una historia que se usó como parte de un proyecto museístico para complementar la idea de la evolución. Era algo así:

En la selva del Amazonas, hace mucho tiempo, cuando los hombres ni siquiera existíamos, vivían unos monos a los que les encantaba jugar sobre las ramas de los árboles. Se pasaban casi todo el día por allí subidos, trepando, colgándose, saltando de copa en copa. De entre esos árboles había unos que les gustaban especialmente, porque tenían además unos frutos riquísimos. Podían pasarse días enteros comiendo esos frutos. Sin embargo, los árboles, que los necesitaban para reproducirse, acabaron por defenderse. Y así, con el tiempo, algunos de ellos fueron desarrollando una especie de espinas en su tronco; eran unos salientes de madera muy puntiagudos y venenosos con los que impedían a los monos subir por ellos, llegar a las ramas. Como los monos ya no podían coger sus frutos, estos árboles fueron multiplicándose, de forma que al final todos tenían esas puntas como espinas.

Pero la historia no quedó aquí.

Los monos no se rindieron.

Como querían seguir comiendo los frutos, los monos fueron buscando lugares en los que esos árboles tuvieran cerca otros por lo menos igual de altos. Trepaban entonces por los árboles vecinos y saltaban de copa en copa. Así podían llegar a las ramas más altas sin tener que trepar por el tronco, evitando las espinas venenosas. Los árboles habían perdido otra vez. La batalla volvía a estar del otro lado.

Pero la historia tampoco acaba aquí.

Aunque pudo parecerlo, tampoco los árboles se rindieron.

Con el tiempo llegaron los humanos. Éstos, después de comprobar el efecto venenoso de sus espinas, pensaron que podrían utilizarlas. Entonces, poco a poco, se dedicaron a ir arrancándolas de los troncos de los árboles para usarlas en sus cerbatanas. Las cerbatanas eran muy útiles para los hombres. Les servían para defenderse, pero también para cazar.

Y entre otras cosas les permitían cazar a los molestos monos que bajaban de los árboles para robarles la comida.

 

Y así fue como la evolución siguió una tercera vía. Cómo fue que los árboles acabaron por defenderse de los monos.

*

Las historias no exigen un completo rigor. Sin desviarse en exceso, lo que precisan es una lógica interna, una verosimilitud. (Los árboles no deciden defenderse de los monos. Simplemente es algo que les sucede.) Pero atraen la atención; despiertan el interés; -con-centran. Una vez logrado el efecto, conseguir la información puede ser ya un juego de niños.

 

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