Skip to content

Un personaje al borde del cambio en diez minutos.

diciembre 1, 2008

Desde R. Bolaño

Vamos a suponer que la casa de B da a un cruce y que B se desespera con el ruido de los coches mañana, tarde y algo por la noche. Vamos a suponer, así, puestos ya a suponer, que la casa de B es un apartamento modesto sin uno de esos largos pasillos que B siempre añoró y que le permitían pensar que cambiaba el aire con cada habitación y a cada paso y esas cosas que B pensaba y añoraba casi al mismo tiempo, como si pudieran no suceder al mismo tiempo. Supongamos ahora que B vive en esa casa y que a ratos le da por pensar cómo seria el hermano que nunca tuvo, la referencia, las llamadas a deshora, una cierta complicidad de la sangre con lo que B valora la sangre. Supongamos además que con ese hermano B hubiera crecido con la música con la que siempre quiso crecer y no creció, porque Coleman Hawkins no es el mismo Coleman Hawkins si uno lo conoce a los treinta o a los diez. Porque B, como casi todo el mundo, piensa que nada es lo mismo si se conoce a los treinta o a los diez. Vamos a suponer también que B quisiera ser un poco más ligero, rehuir a ratos la ironía y cambiarla por un humor explicativo, anecdótico, extenso. Vamos a suponer que de repente B piensa en todas las vidas elegidas (los amigos, quiere decir), y cómo se mueven ahora por sitios tan lejanos y dispersos y como le gustaría que se reunieran y poder visitarlos puerta tras puerta, tocando puerta amarilla tras puerta amarilla (a B le parece que sus amigos deben vivir tras puertas amarillas y ya se deduce que hay cosas en las que B es poco menos que inapelable). Vamos a suponer que B conoce a V. Supongamos que V se enamora de B. Vamos a suponer que B descubre cómo la casa de V tiene un pasillo enorme con habitaciones todas claras y silenciosas. Supongamos, ya puestos a suponer, que V tiene un hermano idéntico al hermano que B imaginaba tener, si es que alguien es capaz de imaginar el hermano que quisiera tener. Supongamos además que V adora el jazz, se pone lo que llama sus boinas de jazz cuando conduce y es además capaz de enseñar el jazz como un Oliveira sin petulancia, creyendo y convenciendo y sin ninguna petulancia. Vamos a suponer que B es irónico con V, pero también anecdótico, trivial, extenso. Supongamos que le cuenta historias alambicadas, conexas e inconexas cuando deben ser inconexas, y que a ella le hacen reír. Vamos a suponer también que V le encanta a todos los amigos de B, que les visitan, que se hospedan en casas y hoteles todos de puertas amarillas. Vamos a suponer que B tiene todo eso, le mandan hacer una lista con lo que quisiera cambiar, pasan diez minutos, la deja en blanco incapaz de imaginar y, aterrado, se va.

  

Anuncios

From → Relatos

One Comment
  1. pinki permalink

    Vamos a suponer que B se enamora de V, que él le encanta a su familia y a sus amigos.
    Que el hermano de V siente la misma conexión con V que con B.
    Vamos a suponer que B se da cuenta de ello y en lugar de salir corriendo al ver la lista en blanco abraza a V como si fuera la primera vez y se arma de la valentia necesaria para disfrutar de todo ello…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s