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Lenguajes, cine, mimos, muros

octubre 8, 2008

El cine incorpora un lenguaje que se contagia y que traspasa. Una nueva gramática que incluye el encuadre, elegir un plano general, americano, medio, un primer plano, un plano de detalle. Que obliga a escoger el ángulo picado o contrapicado, el travelling vertical u horizontal, los barridos, los fundidos, las elipsis, la continuidad.

Cuentan que en tiempos de los hermanos Lumière, los primeros espectadores se asustaban al ver que alguien podía estar en una habitación y en la siguiente escena, inmediatamente, aparecer en otra distinta.

 

Pero quién soporta hoy una historia a tiempo real.

 

  

MUROS

 

 

 

                        “Después de cenar, cuando el silencio espesa el aire de las habitaciones, la oscuridad les pilla arrodillados, con la cabeza en la pared que separa los dormitorios en los que, noche tras noche, sueñan que están entrelazados, haciéndose mimos sin muros y con luna.”        

 

F.M. “Mimos

 

  

            En las casas modernas las paredes suelen ser tan finas que nos valdría con colocar una cámara en la perpendicular. No es un plano original, supone simplemente eliminar de la escena la pared más cercana, abrir un gran ventanal. El caso es que si pusiéramos una cámara en la perpendicular, y esperáramos, veríamos que, a veces, cuando él entra en su habitación y deja el abrigo sobre la cama, ella entra en su habitación y deja el abrigo sobre la cama. Que a veces, la mayoría de las veces, él se queda sentado al lado del abrigo, la mirada un tanto perdida. Treinta segundos, no más, mientras ella se queda sentada al lado de su abrigo, la mirada un tanto perdida y los treinta segundos, no más.

 

            Ellos no lo saben. Se sorprenden a veces, eso sí, cuando en ocasiones ponen algo de música. No es extraño que acudan corriendo a bajar el volumen y que tengan que bajarlo más de lo que suponían. No saben, aunque a la larga sospechan, que el otro ha puesto la misma música en el mismo momento y que han ido corriendo a la vez para bajar la voz. Que han tenido que bajarla más de lo que esperaban porque es un volumen doble. A veces él ha apagado de golpe, para ver qué sucedía. Y sucedía que todo quedaba en silencio.

            (un ruido de cañerías, a lo sumo)

            Y entonces pensaba que lo estaba imaginando, que cómo podía ser. Aunque a veces también suponía que ella había decidido apagar a la vez. Que no sabía.

 

            (Si pusiéramos una cámara y enfocáramos a la pared veríamos que él tiene un único cuadro, grande, justo encima de la cama. No tiene formas fijas, son tres colores sin formas demasiado fijas.)

 

            Con las películas sucedía algo parecido. A veces, sobre todo de noche, veían películas. Casi siempre clásicos. Americanos. Y a veces, muchas veces, tenían también que bajar el volumen. A veces él volvía a jugar y probaba a quitar la voz. De repente. Muchas veces sucedía que todo quedaba en silencio.

            (un ruido de cañerías, a lo sumo)

            Pero otras no. Otras continuaba oyéndose la película. Entonces él subía o bajaba el volumen con los diálogos, y así, mientras Bacall

– Ha ido demasiado lejos, Marlowe.

Bogart:

            – Duras palabras para un hombre, especialmente cuando está saliendo de su dormitorio.

Y se reía. O mientras Bacall:

– No es usted muy alto.

Bogart:

– Hice todo lo que pude.

            Y se reía para sí.

 

            (Si pusiéramos una cámara y enfocáramos a la pared veríamos que ella tiene un único cuadro, grande, justo encima de la cama. No tiene formas fijas, aunque se adivinan. Son tres o cuatro colores con formas que se adivinan.)

 

            El caso es que cuando él baja el volumen y ella no a veces a él le parece oír otras voces. A veces son los vecinos, los de la pared de enfrente, donde el televisor. Otras piensa que no. Y entonces sigue jugando. Apaga y enciende, apaga y enciende hasta que los ritmos se sincronizan de nuevo.

            No se siente bien al hacer eso.

            El caso es que él sólo puede saber lo que pasa al otro lado si lo que tiene lugar implica ruido, algún sonido. Es por eso que a veces, al leer, le gustaría hacerlo en alto, saber si la sincronía continúa. Pero se detiene. Sabe que no es cuestión de empezar a leer asi. Se conforma con el  televisor.

 

            (Si pusiéramos una cámara en perpendicular les veríamos a veces bailar. La misma música. Uno frente al otro pero sin verse y la pared con sus cuadros como un espejo. El movimiento de uno es el inverso en el otro.

            A veces ella no sigue. A veces da la espalda.

            Entonces él intuye otra voz. La silencia. Los vecinos.)

 

            En ocasiones, sobre todo en la noche, él acaricia la pared, justo debajo del cuadro.

 

            Un día le parece sentirla en la escalera. Mientras él baja la puerta de ella se abre. No llega a verla; sólo adivina un objeto grande, envuelto en papel-cartón. Lo deja apoyado bajo la luz.

 

            A veces la oye. Cada vez más. Cuanto más la oye más aparece la otra voz.

 

            (Si pusiéramos una cámara en perpendicular veríamos más cosas de las que querríamos ver. No lo hacemos.)

           

            Y un día ya no hay más. Enciende la música pero es ya una sola música. Las películas son ya una sola película. No se levanta a bajar el volumen. Bogart y Bacall son sólo Bogart y Bacall.

            Hace lo único que, en la medida de sus posibilidades, puede hacer. Retira  y envuelve el cuadro, cambia el televisor. Deja de acariciar la pared. 

 

 

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From → Relatos

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