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Galway/08

septiembre 21, 2008

Hay un lenguaje que es del cuerpo, aunque apenas se mueva. 

Cerca de Galway hay cuatro pescadores a los que no se les oye hablar. Llevan chubasqueros amarillos. No se les ve bien, pero parecen tres hombres y una mujer. Los cuatro están de pie, los pies en el agua pero cerca de la orilla. Las espaldas se encorvan un poco hacia un centro en el que apenas se distingue qué lo ocupa. Se les ve trabajar pero apenas si se mueven, como con una actividad segura y contenida. Cada cierto tiempo uno de ellos coge una caja y la lleva hasta un camión. Luego vuelve con los otros. Al fondo hay una nave industrial en la que suena un motor; es lo único que se escucha: un ruido continuo e inalterable. Cuando el encargado de llevar las cajas llega al camión intento fijarme en su cara. Apenas si lo consigo, pero me doy cuenta de que no es necesario. Su cara es también el movimiento de los cuerpos en los chubasqueros amarillos que deja atrás. Es la serenidad de quien no necesita estar en ninguna otra parte. La pertenencia. La naturaleza que reconoce los cuerpos. Y los acepta.

 (Cuando me dijiste, tú siempre tan lista, que querrías poder dedicarte a un trabajo manual no te creí, pero lo admiré. El discernimiento, la aceptación.)

 Alrededor de los pescadores sobrevuela un grupo de gaviotas. Cada vez más grande. Al descender y tocar el agua abren las alas, enormemente. Luego las cierran despacio y quedan como imperturbables, con la serenidad aparente de los pescadores. Algunas se van acercando a ellos. La atracción de un lenguaje común. 

Pero también, y seguramente, el olor del pescado. 

Íñigo me dice que en Marruecos algunos pescadores se alejaban de la costa en barcas y tiraban al agua las redes. Luego, ya en la playa, las recogían con unas sogas enormes, a mano. (Íñigo tiene más silencios de los que puedan parecer). Tardaban más de una hora, pero, como a los pescadores de Galway, ese tiempo no parecía importarles. Trato de imaginarme su serenidad. También me dice que cuando las redes llegaban a la playa contenían una pesca enorme, que él vio el proceso completo, pero que mucha gente sólo llegaba al final, “para ver qué podían conseguir”. Las gaviotas, pero no el lenguaje, sólo el olor.

 (Carpintera, me dijiste que querrías ser.) 

Por la noche, de vuelta a Galway, el movimiento de la ciudad parecía tener otro sentido. Más central. El cuerpo había recordado lo que era suyo y devolvía su gratitud.

 Creo que, cerca de los pescadores, no vi a ninguna gaviota comer.

 

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From → Relatos

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