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Ciencia en palabras/1

julio 30, 2008

Ciencia, jazz y sentimientos.

El otro día acudí al congreso de la ESOF, la sociedad científica europea, en Barcelona. Fui con un firme propósito de reafirmacion, convencido aún de que las fronteras son difusas; de que las diferencias, que las hay, no las vuelven excluyentes; harto como siempre de la definición, de las elecciones forzadas, de las ciencias o las letras. No quiero hacer hoy un resumen o un juicio de lo que vi. No sé tampoco si quiero hablar de la necesidad del lenguaje en la ciencia, de la comunicación, esos lugares que creía comunes. Sí sé que hoy quiero hablar de la ciencia y el jazz.

En Copenhague existe un Instituto para la divulgación científica, el Danish Science Communication. En él colabora un neurocientífico llamado Peter Vuust. La peculiaridad es que además Peter Vuust es, al parecer, un reputado violoncellista. Su investigación se basa, de hecho, en estudiar las diferencias en el comportamiento cerebral que muestran al escuchar una obra musical los músicos profesionales respecto a aquéllos que no lo son. Durante la charla, uno de los responsables del instituto iba mostrando una partitura a medida que sonaba un tema del Miles Davis Quintet (donde también estaban John Coltrane y Herbie Hancock). Después demostró cómo, durante la escucha activa, las áreas cerebrales se “iluminaban” de forma diferente en los músicos profesionales y en los individuos control. En éstos, las zonas más activas eran las esperadas, es decir, aquellas que correspondían al lóbulo temporal, el responsable de la gestión auditiva. En cambio, en los músicos profesionales se activaban también otras áreas aparte de éstas; la sorpresa vino con su identificación: ¿cuáles eran? Pues eran áreas muy cercanas a aquellas que correspondían al lenguaje. Es decir, se puede decir que los músicos, literalmente, “hablan” al tocar.

                                

(Yo entonces pienso en aquellas clases agotadoras de solfeo. Pero sobre todo pienso en que uno de los profesores a veces nos ponía audiciones. Recuerdo cómo montaba ilusionado el equipo de música y cómo disfrutaba anunciándonos pasajes, hablándonos del fraseo, de las “conversaciones” entre los instrumentos.

Pienso ahora también que me entusiasmaban las audiciones porque la música era explicada, imaginada, verbalizada.

Lo dejé antes de acabar.)

Me pregunto, aunque sea con vocación estética, si los resultados pueden ser extensibles a los físicos, los matemáticos, los bailarines, los escultores.

Al fin y al cabo la ciencia, muchas veces, lo que hace es explicar y ahondar en nuestras intuiciones.

Para ello es necesario seguir el hilo.

Si ahora sigo el hilo recuerdo que estoy leyendo “En busca de Spinoza”, de Antonio Damasio, un neurólogo portugués. Y recuerdo sobre todo una teoría que sostiene: que las emociones, los sentimientos, son el fondo una representación corporal. Que, por tanto, no es posible la felicidad ni la tristeza sin sensación. Escojo fragmentos: 

“Con el fin de dejar que siga este experimento mental, permita el lector que le ofrezca algunas sugerencias: piense que está tendido en la arena; el sol del final del día calienta ligeramente su piel, el océano chapotea a sus pies, y oye un murmullo de hojas de pino en algún punto situado detrás de él; además, sopla una suave brisa estival, la temperatura ambiente es de 26ºC y no hay una sola nube en el cielo. Tómese el lector su tiempo y saboree la experiencia. Voy a suponer que no se aburre como una ostra y que, en cambio, se siente muy bien, extraordinariamente bien, como le gusta decir a un amigo mío; y la pregunta es: ¿en qué consiste este “sentirse bien”? He aquí algunas pistas: quizá la calidez de su piel era confortable. Su respiración era fácil, inspirar y expirar, sin ningún impedimento por parte de ninguna resistencia en el pecho o en la garganta. Sus músculos estaban tan relajados que no podía sentir ninguna tensión en las articulaciones. El cuerpo se sentía ligero, tumbado sobre el suelo pero etéreo. El lector podía supervisar el organismo como un todo y notar que su maquinaria funcionaba de manera uniforme, sin fallos, ni dolor: la simple perfección. Tenía la energía necesaria para moverse, pero de alguna manera prefirió permanecer quieto, una combinación paradójica de la capacidad y la inclinación para actuar. (…)

 (…) Había adoptado un modo de pensar en el que las imágenes estaban claramente enfocadas y fluían de manera abundante y sin esfuerzo.(…) 

                                                     

(…) Aparecía nítido el núcleo del sentimiento. Su contenido consistía en la representación de un estado particular del cuerpo. Los sentimientos surgen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas, no únicamente de las emociones propiamente dichas.(…)

 (…) ¿Qué hace que los pensamientos sean felices? Si no experimentamos un determinado estado corporal con una cierta calidad que llamamos placer y que encontramos “bueno” y “positivo” en el marco de la vida, no tenemos ninguna razón para considerar que ningún pensamiento sea feliz. O triste.

 ————————

Por tirar del hilo: a falta de playa y murmullos de hojas de pino, uno puede relajarse poniendo un poco de música. Y por qué no jazz. Al fin y al cabo la felicidad igual está en un disco del Miles Davis Quintet. En relajarse mientras tocan. O mientras nos hablan.

  

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