Skip to content

Con Escher

julio 9, 2008

 

   

 

– Como en el ajedrez, uno no se imagina los cuadros de Escher si no son en blanco y negro.  

Eso  fue lo que dijiste, que muchas cosas nos llevan siempre al blanco y negro.

Yo hojeaba un calendario con láminas de Escher en París cuando a ti se te ocurrió eso. Luego me preguntaste a qué me recordaba, qué me sugería:

– Geometría, dije yo. Matemáticas.

Y entonces pensé si las matemáticas deberían ser también en blanco y negro, porque sólo quien ama las matemáticas es capaz de dominar el ajedrez. Y eso es algo que se me escapa. Que esos movimientos, que esa forma de pensar venga dada por números, por sus relaciones. Me pediste que escogiera una lámina. Yo elegí una de algo que asemejaba un castillo. Quizá porque antes, en la Conciergerie, la que fue prisión cerca de Notre Dame, habíamos hablado de tener un palacio. Tú dijiste que ese podía ser tu palacio, pero que faltaría un foso. Yo te dije que la Conciergerie estaba en una isla, que el Sena era el foso. Quizá por eso elegí la lámina del palacio. Quizás también porque Escher lo tenía unido a escaleras y a aquello que alguien me dijo una vez: en esos dibujos no sabes si las figuras suben o bajan, si las escaleras sirven para subir o para bajar. A mí me impresionó tanto que apenas lo pensé. Tiempo después, al decírselo ya no sé a quién me respondieron que claro, que las escaleras servían para las dos cosas.

Y yo no supe qué decir.

Como cuando me preguntaba por qué era que los bebés nos hacían gracia y tú me contestaste:

– Porque son graciosos.

Algo así.

(Luego he visto que era cierto, que había escaleras en Escher donde las figuras parecen subir pero no lo consiguen. Un truco óptico, claro.)

El caso es que uno no puede describir enteras muchas de las láminas de Escher. En la que yo escogí hay escaleras: de mano, de pie, siempre simétricas. Hay, como en tantas otras: lagartos, arcos, poleas. Un palacio medieval recién salido de lo onírico.

(¿Son oníricas las matemáticas?)

En una lámina así uno debe escoger. Yo lo hice. Primero elegí a dos hombrecillos que hacen sonar unas trompetas desde el centro. Por lo marcial, supongo. Luego, como siempre, antepuse lo anecdótico, lo que se aleja del centro.

Te pedí que te fijaras. Te dije:

– Mira el hombre de la esquina. El que sube una escalera, abajo a la derecha. Mira el libro que carga. Qué grande es.

Ella se fijó, me preguntó qué quería decirle.

– Ahora fíjate en la diagonal opuesta. Mira esa chica negra, de aire colonial. La que lleva una cesta.

Ella asintió, dijo que parecía que el hombre iba hacia ella, aunque estaban tan lejos.

Y yo me di cuenta de que era verdad, pero lo que yo quería decirle era que en realidad elegía aquello porque hacía ver que todo valía, que consolaba saber que en un palacio en blanco y negro y sin color además de escaleras podía haber lagartos, poleas, niños con trompetas, y también hombres con libros y niñeras coloniales. Y que además se busquen.

Luego dije algo como que lo que limita también ensancha.

Ella sonrió. Dijo:

– Sí, pero mi foso es el Sena.    

      

Anuncios

From → Relatos

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s