Desde R. Bolaño

Vamos a suponer que la casa de B da a un cruce y que B se desespera con el ruido de los coches mañana, tarde y algo por la noche. Vamos a suponer, así, puestos ya a suponer, que la casa de B es un apartamento modesto sin uno de esos largos pasillos que B siempre añoró y que le permitían pensar que cambiaba el aire con cada habitación y a cada paso y esas cosas que B pensaba y añoraba casi al mismo tiempo, como si pudieran no suceder al mismo tiempo. Supongamos ahora que B vive en esa casa y que a ratos le da por pensar cómo seria el hermano que nunca tuvo, la referencia, las llamadas a deshora, una cierta complicidad de la sangre con lo que B valora la sangre. Supongamos además que con ese hermano B hubiera crecido con la música con la que siempre quiso crecer y no creció, porque Coleman Hawkins no es el mismo Coleman Hawkins si uno lo conoce a los treinta o a los diez. Porque B, como casi todo el mundo, piensa que nada es lo mismo si se conoce a los treinta o a los diez. Vamos a suponer también que B quisiera ser un poco más ligero, rehuir a ratos la ironía y cambiarla por un humor explicativo, anecdótico, extenso. Vamos a suponer que de repente B piensa en todas las vidas elegidas (los amigos, quiere decir), y cómo se mueven ahora por sitios tan lejanos y dispersos y como le gustaría que se reunieran y poder visitarlos puerta tras puerta, tocando puerta amarilla tras puerta amarilla (a B le parece que sus amigos deben vivir tras puertas amarillas y ya se deduce que hay cosas en las que B es poco menos que inapelable). Vamos a suponer que B conoce a V. Supongamos que V se enamora de B. Vamos a suponer que B descubre cómo la casa de V tiene un pasillo enorme con habitaciones todas claras y silenciosas. Supongamos, ya puestos a suponer, que V tiene un hermano idéntico al hermano que B imaginaba tener, si es que alguien es capaz de imaginar el hermano que quisiera tener. Supongamos además que V adora el jazz, se pone lo que llama sus boinas de jazz cuando conduce y es además capaz de enseñar el jazz como un Oliveira sin petulancia, creyendo y convenciendo y sin ninguna petulancia. Vamos a suponer que B es irónico con V, pero también anecdótico, trivial, extenso. Supongamos que le cuenta historias alambicadas, conexas e inconexas cuando deben ser inconexas, y que a ella le hacen reír. Vamos a suponer también que V le encanta a todos los amigos de B, que les visitan, que se hospedan en casas y hoteles todos de puertas amarillas. Vamos a suponer que B tiene todo eso, le mandan hacer una lista con lo que quisiera cambiar, pasan diez minutos, la deja en blanco incapaz de imaginar y, aterrado, se va.

  

El cine incorpora un lenguaje que se contagia y que traspasa. Una nueva gramática que incluye el encuadre, elegir un plano general, americano, medio, un primer plano, un plano de detalle. Que obliga a escoger el ángulo picado o contrapicado, el travelling vertical u horizontal, los barridos, los fundidos, las elipsis, la continuidad.

Cuentan que en tiempos de los hermanos Lumière, los primeros espectadores se asustaban al ver que alguien podía estar en una habitación y en la siguiente escena, inmediatamente, aparecer en otra distinta.

 

Pero quién soporta hoy una historia a tiempo real.

 

  

MUROS

 

 

 

                        “Después de cenar, cuando el silencio espesa el aire de las habitaciones, la oscuridad les pilla arrodillados, con la cabeza en la pared que separa los dormitorios en los que, noche tras noche, sueñan que están entrelazados, haciéndose mimos sin muros y con luna.”        

 

F.M. “Mimos

 

  

            En las casas modernas las paredes suelen ser tan finas que nos valdría con colocar una cámara en la perpendicular. No es un plano original, supone simplemente eliminar de la escena la pared más cercana, abrir un gran ventanal. El caso es que si pusiéramos una cámara en la perpendicular, y esperáramos, veríamos que, a veces, cuando él entra en su habitación y deja el abrigo sobre la cama, ella entra en su habitación y deja el abrigo sobre la cama. Que a veces, la mayoría de las veces, él se queda sentado al lado del abrigo, la mirada un tanto perdida. Treinta segundos, no más, mientras ella se queda sentada al lado de su abrigo, la mirada un tanto perdida y los treinta segundos, no más.

 

            Ellos no lo saben. Se sorprenden a veces, eso sí, cuando en ocasiones ponen algo de música. No es extraño que acudan corriendo a bajar el volumen y que tengan que bajarlo más de lo que suponían. No saben, aunque a la larga sospechan, que el otro ha puesto la misma música en el mismo momento y que han ido corriendo a la vez para bajar la voz. Que han tenido que bajarla más de lo que esperaban porque es un volumen doble. A veces él ha apagado de golpe, para ver qué sucedía. Y sucedía que todo quedaba en silencio.

            (un ruido de cañerías, a lo sumo)

            Y entonces pensaba que lo estaba imaginando, que cómo podía ser. Aunque a veces también suponía que ella había decidido apagar a la vez. Que no sabía.

 

            (Si pusiéramos una cámara y enfocáramos a la pared veríamos que él tiene un único cuadro, grande, justo encima de la cama. No tiene formas fijas, son tres colores sin formas demasiado fijas.)

 

            Con las películas sucedía algo parecido. A veces, sobre todo de noche, veían películas. Casi siempre clásicos. Americanos. Y a veces, muchas veces, tenían también que bajar el volumen. A veces él volvía a jugar y probaba a quitar la voz. De repente. Muchas veces sucedía que todo quedaba en silencio.

            (un ruido de cañerías, a lo sumo)

            Pero otras no. Otras continuaba oyéndose la película. Entonces él subía o bajaba el volumen con los diálogos, y así, mientras Bacall

- Ha ido demasiado lejos, Marlowe.

Bogart:

            – Duras palabras para un hombre, especialmente cuando está saliendo de su dormitorio.

Y se reía. O mientras Bacall:

- No es usted muy alto.

Bogart:

- Hice todo lo que pude.

            Y se reía para sí.

 

            (Si pusiéramos una cámara y enfocáramos a la pared veríamos que ella tiene un único cuadro, grande, justo encima de la cama. No tiene formas fijas, aunque se adivinan. Son tres o cuatro colores con formas que se adivinan.)

 

            El caso es que cuando él baja el volumen y ella no a veces a él le parece oír otras voces. A veces son los vecinos, los de la pared de enfrente, donde el televisor. Otras piensa que no. Y entonces sigue jugando. Apaga y enciende, apaga y enciende hasta que los ritmos se sincronizan de nuevo.

            No se siente bien al hacer eso.

            El caso es que él sólo puede saber lo que pasa al otro lado si lo que tiene lugar implica ruido, algún sonido. Es por eso que a veces, al leer, le gustaría hacerlo en alto, saber si la sincronía continúa. Pero se detiene. Sabe que no es cuestión de empezar a leer asi. Se conforma con el  televisor.

 

            (Si pusiéramos una cámara en perpendicular les veríamos a veces bailar. La misma música. Uno frente al otro pero sin verse y la pared con sus cuadros como un espejo. El movimiento de uno es el inverso en el otro.

            A veces ella no sigue. A veces da la espalda.

            Entonces él intuye otra voz. La silencia. Los vecinos.)

 

            En ocasiones, sobre todo en la noche, él acaricia la pared, justo debajo del cuadro.

 

            Un día le parece sentirla en la escalera. Mientras él baja la puerta de ella se abre. No llega a verla; sólo adivina un objeto grande, envuelto en papel-cartón. Lo deja apoyado bajo la luz.

 

            A veces la oye. Cada vez más. Cuanto más la oye más aparece la otra voz.

 

            (Si pusiéramos una cámara en perpendicular veríamos más cosas de las que querríamos ver. No lo hacemos.)

           

            Y un día ya no hay más. Enciende la música pero es ya una sola música. Las películas son ya una sola película. No se levanta a bajar el volumen. Bogart y Bacall son sólo Bogart y Bacall.

            Hace lo único que, en la medida de sus posibilidades, puede hacer. Retira  y envuelve el cuadro, cambia el televisor. Deja de acariciar la pared. 

 

 

Magiar

Septiembre 24, 2008

Es posible que eligiera aquella biografia por el color. Quiero decir, si eligió aquella biografía podría ser por haber relacionado a Genghis Khan con lo magiar, aunque váyase a saber qué momento lleva a un niño de doce años a una asociación tal. Lo que sí sabe es que lo magiar le seduce por lo cristalino, por el tono malva, aunque tampoco sepa cuál es el secreto vínculo por el que relaciona así. Y una vez decidido Genghis Khan piensa que la información ha debido ser anterior, porque Genghis es terroso, tiene algo del amarillo, del macilento de esas páginas ya tan viejas. No recuerda, no cree recordar apenas nada de ese libro, de aquellos libros. A lo sumo una leve imagen de campos abiertos, de hordas y de polvo, sobre todo de polvo. También una leve sensación de nobleza.

Le extraña que a pesar de todo no se le aparezca el rojo.

Más tarde, quizá a causa del mismo color, escoge Estambul. Quiero decir que imagina Estambul como una ciudad malva, no tanto cristalina pero sí malva. No sabe si Estambul se relaciona con lo magiar, no sabe qué momento lleva a alguien a una asociación tal.

Uno nunca recuerda el momento exacto en el que lo más importante sucede.

Y cuando llega a Estambul descubre que más que malva es una ciudad terrosa, no de campos abiertos, eso no, pero se ríe al comprobar que su guía sí tiene las páginas algo amarillentas y que, igual que los caminos tras las hordas del Khan, en Estambul siempre, en todos los lugares, hay polvo.

Y así, sin saber muy bien, descubre que ha ido desde lo magiar hasta Estambul pasando por Genghis Khan a causa posiblemente de un color inexistente, un malva que se inventa y con el que apenas tienen relación. Descubre que no sabe en qué momento asociamos aquello que no está pero con lo que vivimos.

Se pregunta por qué no has tenido cabida aquí.

Intenta asignarte un color.

Galway/08

Septiembre 21, 2008

Hay un lenguaje que es del cuerpo, aunque apenas se mueva. 

Cerca de Galway hay cuatro pescadores a los que no se les oye hablar. Llevan chubasqueros amarillos. No se les ve bien, pero parecen tres hombres y una mujer. Los cuatro están de pie, los pies en el agua pero cerca de la orilla. Las espaldas se encorvan un poco hacia un centro en el que apenas se distingue qué lo ocupa. Se les ve trabajar pero apenas si se mueven, como con una actividad segura y contenida. Cada cierto tiempo uno de ellos coge una caja y la lleva hasta un camión. Luego vuelve con los otros. Al fondo hay una nave industrial en la que suena un motor; es lo único que se escucha: un ruido continuo e inalterable. Cuando el encargado de llevar las cajas llega al camión intento fijarme en su cara. Apenas si lo consigo, pero me doy cuenta de que no es necesario. Su cara es también el movimiento de los cuerpos en los chubasqueros amarillos que deja atrás. Es la serenidad de quien no necesita estar en ninguna otra parte. La pertenencia. La naturaleza que reconoce los cuerpos. Y los acepta.

 (Cuando me dijiste, tú siempre tan lista, que querrías poder dedicarte a un trabajo manual no te creí, pero lo admiré. El discernimiento, la aceptación.)

 Alrededor de los pescadores sobrevuela un grupo de gaviotas. Cada vez más grande. Al descender y tocar el agua abren las alas, enormemente. Luego las cierran despacio y quedan como imperturbables, con la serenidad aparente de los pescadores. Algunas se van acercando a ellos. La atracción de un lenguaje común. 

Pero también, y seguramente, el olor del pescado. 

Íñigo me dice que en Marruecos algunos pescadores se alejaban de la costa en barcas y tiraban al agua las redes. Luego, ya en la playa, las recogían con unas sogas enormes, a mano. (Íñigo tiene más silencios de los que puedan parecer). Tardaban más de una hora, pero, como a los pescadores de Galway, ese tiempo no parecía importarles. Trato de imaginarme su serenidad. También me dice que cuando las redes llegaban a la playa contenían una pesca enorme, que él vio el proceso completo, pero que mucha gente sólo llegaba al final, “para ver qué podían conseguir”. Las gaviotas, pero no el lenguaje, sólo el olor.

 (Carpintera, me dijiste que querrías ser.) 

Por la noche, de vuelta a Galway, el movimiento de la ciudad parecía tener otro sentido. Más central. El cuerpo había recordado lo que era suyo y devolvía su gratitud.

 Creo que, cerca de los pescadores, no vi a ninguna gaviota comer.

 

Fin de semana

Agosto 27, 2008

Fin de semana/1

Yo pensaba que aquel pueblo estaba diseñado para los turistas. En medio del Pirineo, desde allí era fácil acceder a las pistas de esquí (yo nunca he esquiado, pero me aseguraron que esas pistas eran realmente buenas). Todas las casas parecían refugios, y casi todas tenían terrazas. Además, en la calle principal se veían tiendas de souvenirs; así que yo pensaba que aquel pueblo estaba diseñado para los turistas.

Woody Allen dijo de Oviedo que parecía sacada de un cuento de hadas. Luego un amigo me dijo que en esa ciudad parecía no concebirse el mal (también que era eso lo que no le gustaba). Y yo siempre pensé que el mal se escondía pero no aparecía en los lugares para turistas.

Fui a aquel pueblo a visitar a un amigo. Él no es de allí, pero trabaja construyendo carreteras, y esta vez le había tocado esa zona. Allí me enteré de que un alud se provoca por un simple desplazamiento en la superficie. También que un alud es capaz de tumbar y arrancar árboles enormes, aparentemente indestructibles (con esas raíces).

En uno de esos montes un alud mató a un esquiador del pueblo. Me lo contó este amigo, y yo recordé haberlo oído en las noticias. Nadie se explica cómo ocurrió. El chaval era un esquiador experto, pero se salió de la pista, cortó en perpendicular: desplazó la superficie. Lo que no recordaba era que el hermano estaba con él, que lo vio hundirse. Tampoco que intentó cavar con sus propias manos pero equivocó el lugar.

Me dijeron también que la mujer estuvo un año entero saliendo a la terraza de su casa y que allí se pasaba los días. Que la terraza daba a ese mismo monte. Que no cambió de casa.

Por lo demás yo pasé allí un gran fin de semana. Hicimos excursiones, barbacoas, conocimos los bares de alrededor.

Fue al irnos cuando me dijeron que el chico que nos atendió en la gasolinera era el hermano del esquiador.

Yo pensaba que el mal no aparecía en los lugares para turistas.

 

Fin de semana/2

Yo pensaba que aquel pueblo

estaba diseñado para los turistas.

En medio del Pirineo,

desde allí era fácil acceder a las pistas

de esquí

(yo nunca he esquiado, pero

me aseguraron que esas pistas eran

realmente buenas).

Todas las casas parecían

refugios,

y casi todas tenían terrazas.

Además,

en la calle principal

se veían tiendas de souvenirs;

así que yo pensaba que

aquel pueblo

estaba diseñado para los turistas.

 

Woody Allen dijo

de Oviedo

que parecía sacada de un cuento de hadas.

Luego un amigo me dijo

que en esa ciudad parecía no concebirse

el mal

(también que era eso

lo que no le gustaba).

Y yo siempre pensé que el mal se escondía

pero

no aparecía en los lugares

para turistas.

 

Fui a aquel pueblo a visitar a un amigo.

Él no es de allí,

pero trabaja construyendo

carreteras,

y esta vez le había tocado esa zona.

Allí me enteré

de que un alud

se provoca por un simple desplazamiento

en la superficie.

También que un alud es capaz de tumbar

y arrancar

árboles enormes,

aparentemente indestructibles

(con esas raíces).

 

En uno de esos montes un alud mató a un esquiador

del pueblo.

Me lo contó este amigo,

y yo recordé haberlo oído

en las noticias.

 

Nadie se explica cómo ocurrió.

 

El chaval era un esquiador experto,

pero se salió de la pista,

cortó en perpendicular:

desplazó la superficie.

Lo que no recordaba era

que el hermano estaba con él,

que lo vio hundirse.

Tampoco

que intentó cavar

con sus propias manos

pero equivocó el lugar.

 

Me dijeron también que

la mujer estuvo un año entero

saliendo a la terraza

de su casa

y que allí se pasaba los días.

Que la terraza daba

a ese mismo monte.

Que no cambió de casa.

 

Por lo demás

yo pasé allí

un gran fin de semana.

Hicimos excursiones,

barbacoas,

conocimos los bares

de alrededor.

 

Fue al irnos cuando me dijeron

que el chico que nos atendió

en la gasolinera

era el hermano

del esquiador.

 

Yo pensaba que el mal

no aparecía en los lugares para turistas.