Con serpientes
Abril 7, 2009

”Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que existían serpientes que se mordían la cola. Dijo que incluso había serpientes que se tragaban enteras y que si uno veía a una serpiente en el acto de autotragarse más valía salir corriendo pues al final siempre ocurría algo malo, como una explosión de la realidad.”
Llamadas telefónicas. Roberto Bolaño.
Cuentan de una chica que compró una serpiente. Pitón, creo que decían. La chica vivía de lo más a gusto con su serpiente hasta que ésta comenzó a comportarse de una forma inusual. Cada vez que la chica se tumbaba en el sofá, la serpiente se colocaba en el suelo, a su lado, casi completamente estirada. No era algo demasiado extraño, era incluso conmovedor. Pero por alguna razón la chica decidió consultar con el veterinario. Éste le dijo que se deshiciera inmediatamente de ella, que las serpientes cazan a sus piezas enteras y que la suya estaba calculando, que le estaba tomando las medidas.
20000 caligrafías
Un personaje al borde del cambio en diez minutos.
Diciembre 1, 2008
Desde R. Bolaño
Vamos a suponer que la casa de B da a un cruce y que B se desespera con el ruido de los coches mañana, tarde y algo por la noche. Vamos a suponer, así, puestos ya a suponer, que la casa de B es un apartamento modesto sin uno de esos largos pasillos que B siempre añoró y que le permitían pensar que cambiaba el aire con cada habitación y a cada paso y esas cosas que B pensaba y añoraba casi al mismo tiempo, como si pudieran no suceder al mismo tiempo. Supongamos ahora que B vive en esa casa y que a ratos le da por pensar cómo seria el hermano que nunca tuvo, la referencia, las llamadas a deshora, una cierta complicidad de la sangre con lo que B valora la sangre. Supongamos además que con ese hermano B hubiera crecido con la música con la que siempre quiso crecer y no creció, porque Coleman Hawkins no es el mismo Coleman Hawkins si uno lo conoce a los treinta o a los diez. Porque B, como casi todo el mundo, piensa que nada es lo mismo si se conoce a los treinta o a los diez. Vamos a suponer también que B quisiera ser un poco más ligero, rehuir a ratos la ironía y cambiarla por un humor explicativo, anecdótico, extenso. Vamos a suponer que de repente B piensa en todas las vidas elegidas (los amigos, quiere decir), y cómo se mueven ahora por sitios tan lejanos y dispersos y como le gustaría que se reunieran y poder visitarlos puerta tras puerta, tocando puerta amarilla tras puerta amarilla (a B le parece que sus amigos deben vivir tras puertas amarillas y ya se deduce que hay cosas en las que B es poco menos que inapelable). Vamos a suponer que B conoce a V. Supongamos que V se enamora de B. Vamos a suponer que B descubre cómo la casa de V tiene un pasillo enorme con habitaciones todas claras y silenciosas. Supongamos, ya puestos a suponer, que V tiene un hermano idéntico al hermano que B imaginaba tener, si es que alguien es capaz de imaginar el hermano que quisiera tener. Supongamos además que V adora el jazz, se pone lo que llama sus boinas de jazz cuando conduce y es además capaz de enseñar el jazz como un Oliveira sin petulancia, creyendo y convenciendo y sin ninguna petulancia. Vamos a suponer que B es irónico con V, pero también anecdótico, trivial, extenso. Supongamos que le cuenta historias alambicadas, conexas e inconexas cuando deben ser inconexas, y que a ella le hacen reír. Vamos a suponer también que V le encanta a todos los amigos de B, que les visitan, que se hospedan en casas y hoteles todos de puertas amarillas. Vamos a suponer que B tiene todo eso, le mandan hacer una lista con lo que quisiera cambiar, pasan diez minutos, la deja en blanco incapaz de imaginar y, aterrado, se va.
Citados/7
Octubre 8, 2008
“¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio, a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las cosas que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida.”
Roberto Bolaño.